martes, 31 de diciembre de 2013

Relatos cortos (II)

«Hay demasiadas gafas entre tú y yo» me espetó. No existe arma blanca más peligrosa que la palabra.
Éramos dos ciegos incapaces de sentir lo que estaba ocurriendo a nuestro alrededor; en nuestro interior. Nos habíamos envenenado poco a poco sin darnos cuenta de ello. Éramos personas radicalmente opuestas a aquellas que se conocieron en un bar una madrugada de abril. ¿Dónde nos abandonaron nuestras personalidades? ¿Y nuestras ambiciones y deseos? Ahora lo único que nos rodeaba era un halo de inseguridad y miedo. Una niebla que nos había empañado las lentes de las gafas. Vivíamos del recuerdo; de espectros alegres, sonrientes. Y yo me harté de aquella ceguera sentimental. Me quité las gafas y, por sorpresa mía, contemplé que él ya se había marchado. Ni rastro. Entonces mi cuerpo se esfumó. Pero mi mente no. Aquí continúo, llamando a su mente. Pero, ¿dónde está su corazón? ¿y el mío? No sé cual de los dos echo más de menos. 

Joder, que mal se me da la realidad.