sábado, 31 de mayo de 2014

Relatos cortos (XVIII)

La primera vez que entré en su casa yo tenía dieciséis años. Él, quince. Además de un perro y una gata, encontré a su abuela en el sofá del salón viendo la televisión. No recuerdo su rostro pues la vergüenza me empujó a cerrar los párpados y soltar un automático y tímido «Hola» que ni siquiera recibió réplica. Estaba en la casa del hijo de mi profesor de latín. Si había alguien más entre aquellas cuatro paredes, Jonás se encargó de no revelármelo. Por aquella época, amistades y vida estudiantil eran el centro de nuestras conversaciones triviales por lo que yo desconocía por completo su situación familiar y por extensión su árbol genealógico más próximo. Pasaron tres años para volver a aquella casa. Su padre ya no era mi profesor de latín y el instituto había dado paso a la universidad. Por aquel entonces ya habíamos tenido suficientes conversaciones para comprender por qué eramos así y por qué queríamos huir de las casas que nos habían visto crecer. Lo que yo desconocía era el profundo impacto que iba a suponer conocer por primera vez a uno de sus tres hermanos. Al menor de ellos sí le conocía pues estudiaba un curso superior al nuestro a pesar de haber nacido en 1992 y nos habíamos cruzado incontables veces por los pasillos del instituto. Pero del mediano tan sólo había oído por boca de Jonás y en un principio no logré entender el odio de su tono cada vez que le mencionaba. No hizo falta mucho tiempo para que él me confesara la condición de ex-drogadicto de aquel hermano. Poco a poco las piezas fueron encajando; la sobre-protección de sus padres hacia él no sólo se debía a ser el último sucesor de la estirpe sino también al miedo de que él cayera en la adicción. Comprendí el comportamiento tan benevolente de su padre con sus alumnos y por qué hacía todo lo que estuviera en sus manos para concederles el aprobado. Su devoción paterno-filial ya no era motivo de mi desconcierto. Aquella noche de verano Jonás me invitó a cenar a su casa; sus padres se habían marchado a Barcelona. Pensé que iba a ser una velada de dos pero por sorpresa mía y enfado de él, un tercer comensal se unió a nosotros: su hermano, el mediano. De nuevo no logré entender su cabreo. Él sabía lo que iba a suceder: descubriría por mí mismo su punto más débil, su extensión del cuerpo que más repudiaba. La magnitud del problema de su hermano era mucho mayor de la que imaginé: era un niño de treinta años que tenía prohibido las bebidas energéticas. Por aquel entonces mi situación personal era un tanto delicada por temas de salud y encontré en aquel desconocido una vía de escape. Jonás quedó excluido de una conversación de "tú a tú" entre dos hombres con un doloroso pasado a sus espaldas que compartieron experiencias e ideas. Eramos dos seres humanos con sed de suicidio. Aquel diálogo fue tan exhaustivo a nivel emocional que acabé llorando en la acera del exterior de la casa. Fue entonces cuando Jonás comprendió el motivo de mi ausencia durante un año, se desquitó de reproches y rencores innecesarios y compartimos lágrimas hasta el frío de la madrugada. El perdón apareció tal rocío blanco. Pero se hizo la primera luz del día siguiente y amanecí en mi cama con la peor resaca posible: la emocional. El sonido del aspirador me prohibió de escuchar mi propio sollozo. Aún así, si había algo más estridente e imperturbable que aquel ruido era el de mi mente.