domingo, 4 de mayo de 2014

Relatos cortos (XV)

Aquella mujer tan sólo compartía nombre, apellidos y árbol genealógico con mi madre. Eran polos opuestos. ¿Cómo era posible que sus vidas fueran tan distintas siendo la misma persona? Por norma general, las vidas de los seres humanos procedentes de distintos universos no solían diferir; todo lo contrario pues, a grandes rasgos, habían pasado por las mismas experiencias que diferían en pequeños detalles. Sin embargo, aquella mujer irradiaba felicidad y belleza por todos y cada uno de los poros de una piel mucho menos arrugada y un cuerpo más delgado. No padecía de una compulsiva obsesión por la limpieza del hogar o el almacenamiento de alimentos en una despensa a rebosar de productos caducados. Tampoco dedicaba sus tardes enteras a ver televisión-basura. ¿Qué había ocurrido en el transcurso de su vida para que aquella mujer no hubiera acabada sentada en un sofá lamentando su desdicha e injuriando continuas calumnias contra los miembros de su familia? Pronto descubrí el quid de la cuestión: los padres de ella continuaban vivos. Mi abuelo murió cuando yo tan sólo tenía seis años; mi abuela hizo lo propio un día antes de mi décimo cumpleaños. Su no fallecimiento había evitado una depresión con la que mi madre sí se dio de bruces. Aquella depresión mal tratada derivó en un desdoblamiento de personalidad y trastocó el transcurso de su vida. Y de la del resto de personas que cohabitaban a su alrededor.

Me gustaba la otra versión de mi madre. Pero no era mi madre. Era la de otro yo.