sábado, 26 de julio de 2014

Relatos Cortos (XXII)

Tras varios meses de agonía compartida, su otro yo dejó de formar parte del mundo de los vivos. La invasión del dolor, fruto envenenado de enviudar, no empañó su gratitud hacia su particular dios -con d minúscula- por la concesión del inexplicable placer de compartir vida con su media naranja. Tras el castigo de Zeus o cómo-diablos-se-llamara sobre los seres lunares, éstos habían quedado divididos en dos y huérfanos de una mitad con la que acabarían reencontrándose en una desesperada búsqueda a contrarreloj. Tras aquella rebelión amorosa, Zeus comprendió que la división no sólo debía ejecutarse sobre aquellos seres sino también sobre el universo en sí; de ahí la creación de dos universos y un muro inquebrantable: el espacio. Recién enviudado, se vio en la tesitura de darle una explicación -cuyo grado de raciocinio era mínimo- a todos los hechos acontecidos en los últimos meses: la aparición de síntomas de un cáncer del que no había rastro, la revelación de los médicos acerca del origen de tal anomalía, el viaje a otro universo bajo un plan de asesinato que nunca llegaría a ejecutarse, la salvación de una vida ya condenada, el reencuentro de dos seres que desconocían ser lunares, la cata del sexo de los ángeles.... ¿El siguiente paso? La usurpación de una identidad, tal y como le había prometido en su lecho de muerte. "Nunca dejes que mi madre descubra que su hijo está muerto" resuena en su corazón veinticinco horas al día.