Empecé este blog con 16 años y otro nombre ('Dime que series ves y te diré cómo eres'). En un principio solo hubo cabida para las series de televisión pero más tarde decidí ampliar el contenido a todo aquello que contase con un mínimo de guion/ficción, ¡incluso la propia vida, señorxs! Decía Susan Sontag en 'Contra la interpretación': "En las buenas películas existe siempre una espontaneidad que nos libera por entero de la ansiedad por interpretar". Carrie Bradshaw decía en 'Sexo en Nueva York': "I couldn't help but wonder...". Bienvenidxs. Contacto: oscarrusvicente@gmail.com



sábado, 5 de marzo de 2016

Reportaje especial

Social 
Usuarios, algo más
La hora punta del Centro de Día Luz Casanova es el almuerzo
Su Auxiliar de Servicios Sociales ejerce de particular guía
“Usuario: dicho de una persona. Que tiene derecho de usar una cosa ajena con cierta limitación.” - RAE
Comedor del Centro de Día Luz Casanova 
Durante una invernal mañana de febrero Laura bajó a la puerta después de que Julio, el guardia de seguridad, llamase por el walkie talkie. Un miembro del equipo tenía que bajar para saber qué ocurría. Podría ser el primer día de un nuevo usuario u otro al que se le había olvidado la tarjeta con la que acceder al Centro de Día para personas sin hogar Luz Casanova. Aquel día, la joven de 23 años era la voz al otro lado del walkie talkie. Descendió las escaleras que comunican a la calle José Marañón (Madrid) y se encontró con un amigo de la infancia. De su misma edad, de la urbanización de toda la vida, con el que siempre había jugado. Bloqueada, le preguntó “¿Qué haces aquí?”. Su respuesta, un visible bochorno. El nerviosismo se apoderó de ella, subió al despacho con el resto de sus compañeros y rompió en llanto. “¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa?”, preguntaron. Explicó el pormenor a lo que en cuestión de milisegundos su compañera Arancha se ofreció: “No te preocupes, voy yo”. Bajó y se encargó del caso.

Laura continuó viéndole durante meses en el centro e intentó normalizar la situación. Interfirió lo menos posible durante su estancia. No preguntó. No se entrometió. Tenía incluso más trato y relación con otros usuarios que con él. Lo hizo por respeto. Si para ella era difícil, sabía que para él sería atroz. Sobrellevó la primera semana cada vez que le veía pero poco a poco “me fui haciendo porque te tienes que hacer”, sentencia dando carpetazo a una historia que en todo momento cuenta con suma consideración hacia el que un día fue su amigo y de la noche a la mañana se convirtió en un usuario más.

Aquel darse de bruces con el mundo como si de un pañuelo se tratase aconteció hace aproximadamente un año. La vida profesional de Laura ha dado un giro de 180 grados pues aunque continúa trabajando en dicho centro, no es gracias a las prácticas del Ciclo Formativo de Grado Superior de Integración Social que cursó entre 2013 y 2015 sino ya como remunerada Auxiliar de Servicios Sociales. Una profesión que nunca tuvo en mente durante una levantisca adolescencia. Su quimera era estudiar psicología pero la vida y las matemáticas terciaron.

El cigarro de antes y después

Arribo antes de la hora citada al portal 15B. Llega también un cartero que entrega correspondencia a Julio y un “¡Hasta mañana!”. Es la hora del pan y el agua pero los más ávidos que entraron a las 12.45h ya descienden las escaleras con el buche colmado para disfrutar del cigarrito de la sobremesa con el sol de Madrid tras la perenne lluvia de estos últimos días. Uno de los varones porta una original cajetilla metálica llena de tabaco de liar e incluso un teléfono móvil. No un smartphone. Ataviado con un chándal negro de dos piezas con rayas blancas marca Adidas, lo conjunta con un polo rosa chicle que quebranta la vista, pero el bolsillo impera, no la moda. Mientras disfruta de las caladas, una mujer de tez más bruna que la ceniza, le pregunta por la hora: la una y media de la tarde. La fémina deposita una bolsa negra y una caja de cartón apoyadas en el tronco de un árbol. Limpia en la contigua Asociación Amigos del Pueblo Latinoamericano (APLA).

Un muchacho de apariencia marroquí y adolescente se apoya a mi derecha en el coche blanco. Escupe como si intentase aumentar el diámetro del charco de enfrente. Mueve con impaciencia sus zapatillas negras marca Lacoste. Está esperando a tres mozos también marroquíes. El cigarro continúa resistiendo a pesar de no ser industrial, el viento y el frío. Prosiguen las idas y venidas de usuarios con el estómago henchido o todavía desierto. Otro caballero desciende las escaleras. No saca ningún cigarro pero espeta en alto una queja: “Cuando me duele, ya no me levanto”. La espalda le está jugando una mala pasada. El fumador de polo rosa chicle, cual medicastro, dictamina que es por el “cambio del tiempo”.  Incógnita resulta. Harto ya del casero pitillo, lo lanza todavía encendido cerca del charco. El impacto no lo apaga. Regresa al asimismo frío del interior.

La última en salir a fumar es Laura. No ha comido aún pero el cigarro previa manduca es sagrado. Consigo lleva el piti de turno, el mechero, un chicle, un bolígrafo publicitario, una agenda y una hoja arrancada de un cuaderno con las “chuletas de los horarios”, explica con la todavía normal confusión al volver al trabajo tras unas vacaciones obligadas en el paro desde que acabó las prácticas en este mismo centro hace siete meses. Ahora sabe que por lo menos cotizará a la Seguridad Social durante un año.

Botines negros, leggins formales de tono azul y una camisa a cuadros morada y blanca que esconde parte de los muslos conforman el atavío de quehacer. El único vestigio de maquillaje es la negra raya del ojo. Las acentuadas ojeras responden a la genética. Esconde sus uñas largas pues se ha olvidado de pintárselas. El cabello dejó atrás su adolescente época de loco tinte. Ahora, el innato castaño vence al negro artificial cada vez menos presente. El flequillo camufla unas largas y frondosas cejas. Un anillo, un colgante y unos pendientes son los únicos abalorios de un atuendo que no requiere consonancia.

Al centro y para dentro

El ostentoso edificio del Patronato de Enfermos que da cobijo al Centro de Día Luz Casanova es de ladrillo y piedra. Árboles de hoja caduca, acotados en las aceras, rodean el perímetro. La ostentosidad tiene un porqué: cinco plantas y una terraza que toca el cielo. 

Puede vanagloriarse de ser de los pocos que no fueron abatidos por las bombas durante la Guerra Civil. Pronto soplará el centenar de velas. El mobiliario del interior es genuino de la época y está sujeto a la ley que protege los edificios antiguos. Si cae un ladrillo o un azulejo, debe ser reemplazado por el mismo específico.

Al acceder y ascender la escalinata, la fotografía en blanco y negro de una joven Luz Rodríguez Casanova da la bienvenida. Los sentidos se apoderan de uno. El olfato combate el fuerte olor un tanto nauseabundo. La vista, en cambio, se entretiene con los espigados techos.

El hall del centro se erige como el ‘punto de acogida’. “Aquí están todos los servicios básicos. Cuando ellos [los usuarios] vienen, necesitan asearse. Tenemos crema, colonia, polvos de talco, cuchillas para que se afeiten…”, enumera Laura con tal profesionalidad que parece que lo hace diariamente. Comenta que los usuarios también pueden acceder al teléfono, al costurero y a periódicos como los ejemplares de El País y El Mundo depositados en la mesa camilla. Desde este ‘punto de acogida’ es controlado el régimen de lavandería, ropero y ducha. Una toalla por usuario es entregada.

En una de las salas contiguas del hall se encuentran Arancha y Lorena, las dos trabajadoras sociales del centro. Dentro del despacho, unas escaleras de pocos escalones conducen a la oficina del coordinador que continúa de vacaciones. Se preguntan dónde está Manu, el técnico de empleo. Le conoceré más tarde en la lavandería. Ambas terminaron la carrera de Trabajo Social durante el albor de la década 2000 y llevan nueve años en el centro. “Siempre he tenido una motivación para dedicarle a lo social, para ayudar a los demás”, manifiesta Lorena, cuya particular bata de laboratorio es un mayúsculo poncho rojo. Acorde a este Polo Norte. Arancha, en cambio, hubiera preferido estudiar Medicina pero no le dio la nota. “Muy eficiente, buena compañera y muy resolutiva” es como esta última describe a Laura como compañera de faena.

Entramos a otra de las estancias. “Aquí tienen acceso a la televisión”, indica una Laura que baja el volumen de su voz mientras los usuarios prestan atención al programa político Las mañanas de cuatro. Laura me guía hacia otro de los espacios donde hay mayor algarabía pues las personas pueden conversar. Hay varios hombres sacando fichas de dominó. En un rincón hay juegos de mesa como parchís, ajedrez y damas.

“Hago un inciso”, se interrumpe así misma para explicar que ambos espacios son multifunción y “sirven para hacer las actividades del Centro de Día” como por ejemplo las manualidades o las asambleas. Al otro extremo de la estancia bulliciosa se encuentra el baño verde. Al baño rojo se accede desde el hall, frente al despacho de las trabajadoras sociales y el coordinador. Las duchas permanecen abiertas desde las once de la mañana hasta las dos de la tarde. Cada día, lo usuarios disfrutan de sus quince o veinte minutos de gloria: agua caliente y jabón.

El corazón del centro

Un pasillo conduce al comedor. La hora del sustento es de 12.45 a 13.45. Los usuarios se acomodan en las sillas de los dos anteriores espacios, guardan el turno y pasan en tandas de cinco. “Cinco de una sala, cinco de otra. Se espera. Cinco de una sala, cinco de otra”, enumera de nuevo Laura en su afán como estricta guía. El pasillo está empapelado por unos folclóricos azulejos con mosaicos de tono azul, verde y amarillo que ocupan un tercio de la pared. También hay cabida para una cartulina de tonalidades similares. ¿Su nomenclatura? “El papel de los cumpleaños”. ¿Su fin? Celebrar los cumpleaños de los usuarios el último sábado de cada mes. Se invita a café y bollos. “No es una celebración como tal pero es algo más especial para que se sientan un poco bien ese día”, desvela esta particular guía.

Persisten los últimos rezagados en el comedor. Puri, una de las apostólicas, se desplaza rápidamente con menuda complexión, en su afán amparador “en lo que uno puede”. Vive en la planta de arriba con el resto de religiosas. Cada día tres voluntarias ayudan a servir la comida y trasladarla desde el elevador -la cocina está en la planta de abajo- hasta el mostrador del comedor cuya máxima capacidad es de 150 personas. “El año pasado hubo una época en la que entraban 160 pero no es lo habitual”, recuerda Laura. Lo común suele ser 110-130 personas. El sonido ambiente es el de vajilla en movimiento. Un patio interior con vegetación, balcones y furgonetas completa las vistas. 

El menú de aquel martes fue lentejas con o sin arroz, albóndigas con una cucharadita de ensalada o de macarrones a la carbonara y de postre: dos manzanas, yogur y galletas María. Bon appétit y amén.