Comencé en ésto de blogger con 16 años pero no le di vidilla al blog hasta los 18 tras empezar la universidad. En un principio sólo hubo cabida para series pero luego expandí la temática a todo aquello que tuviera un mínimo de guión/ficción; ¡hasta la propia vida, señoras! Decía Susan Sontag: "En las buenas películas, existe siempre una espontaneidad que nos libera por entero de la ansiedad por interpretar". Bienvenidas. Contacto: oscarrusvicente@gmail.com

jueves, 1 de septiembre de 2016

Relatos Cortos (XXVIII)

Me viene un viernes a la memoria. Estar tirado en el sofá alrededor de las diez de la noche viendo El comisario. Hubo una época -cuando ella vivió con nosotros durante seis meses- en la que papá, la prima y yo veíamos aquella ficción policíaca. No recuerdo donde andaba papá pero evoco a la prima pródiga dar las buenas noches y subir a la buhardilla a descansar. Había vuelto por una noche. Entonces me recorría una sensación de confort. Lloré el Mediterráneo cuando tuve que despedirme de aquella inesperada aliada siete años mayor que yo. Seis años más tarde, sumido en un resfriado del ánimo, me espetó mientras yo lloraba: yo sé lo que a ti te pasa. Ella ya conocía mis secretos. Aquella noche me dolían todos los huesos y desconocía el porqué. Lo achaqué al cargar con una maleta todo el día.

Lo mismo le ocurría a Don Alfonso; parco en palabras era con sus familiares cuando, cada domingo, desfilaban por su despacho -envuelto en humo- para darle las buenas tardes. El pertinente jornal a cada nieto nunca falló. Hasta que un servidor empezó a mentirle sobre su verdadera ocupación para privarle del gusto. La familia se reunía en aquel chalet que el mismo construyó mientras el ya jubilado veía los mismos spaghetti western tarde tras tarde. No hablaban prácticamente. Tan sólo volvían a compartir techo y paredes cuando tocaba también compartir mantel a las ocho. Pero él sentía el confort de tenerlos allí reunidos. Escuchar jaleo. Con el paso de los años, la prima pródiga dejó de pernoctar en la última planta y la familia dejó de reunirse los domingos a excepción de algún que otro rezagado que insistía en mantener la tradición dominical.

Hoy entiendo a mi madre cuando me pide que me quede unos días más en casa. Tú no te vas hasta el domingo. No hablamos de casi nada y mejor hacerlo de banalidades cuando se requiere una mínima conversación entre plato y plato. Ella en su salón de estar viendo Sálvame. Yo en mi antigua habitación -ahora exilio de mi padre- viendo Siete mesas de billas francés. No cierro la puerta. Intuyo que ella respira mejor al saber que estoy al otro lado de la casa. El confort de tener a su retoño de veintidós años de vuelta por unos días, dibujando una falsa realidad. Una en la que nunca cambió de código postal para mejor estado del ánimo. Una tranquilidad pasajera. El confort.