Comencé en ésto de blogger con 16 años pero no le di vidilla al blog hasta los 18 tras empezar la universidad. En un principio sólo hubo cabida para series pero luego expandí la temática a todo aquello que tuviera un mínimo de guión/ficción; ¡hasta la propia vida, señoras! Decía Susan Sontag: "En las buenas películas, existe siempre una espontaneidad que nos libera por entero de la ansiedad por interpretar". Bienvenidas. Contacto: oscarrusvicente@gmail.com

lunes, 25 de abril de 2016

Relatos Cortos (XXVI)


Aviso, spoilers sobre Todo sobre mi madre y Julieta. | En Todo sobre mi madre (Almodóvar, 1999), Manuela pierde a su hijo Esteban a los 17 años. En Julieta (id, 2016), su protagonista pierde a su hija Antía a los 18. Esteban muere atropellado. Antía no. Simplemente hace las maletas y huye del hogar maternal sin notificación alguna. Julieta se entera por una tercera persona -el personaje interpretado por Nathalie Poza- que su hija no quiere volver a verla. Fin spoilers.

Yo morí para mi madre. Un 13 de enero de 2013. O un 20. La memoria patina. Recuerdo que fue un domingo. Pasada la medianoche. Me era imposible dormir. Pensé -iluso de mí- que el cambio de año me libraría del dolor de cabeza. Atisbaba el horror: iba a suspender todas las asignaturas del primer cuatrimestre del primer año de Periodismo. La carrera que quise estudiar toda mi adolescencia. La facultad con la que soñaba desde que aquella Noche en Blanco paseara beodo por la Avenida Complutense. Llegó un momento en que el dolor de cabeza se apoderó de todo el cuerpo. Aquello tenía un nombre que empezaba por A: ansiedad. ¿Y qué iba a saber yo? Llamé a mamá. Necesitaba un masaje. Como aquellos que papá me daba las mañanas de los fines de semana. Como aquellos que el tío-abuelo le pedía a papá a cambio de un duro. Papá pasaba de mí. Papá pasaba de la vida. De su mujer. De sus hijos. Su trabajo acabó pasando de él un año después. Mamá se levantó. Como cuando era niño y soñaba que ella se moría. La llamaba. En la habitación lindante, emergía un ¡¿Sí?! asustado. La vida cobraba sentido de nuevo. Nada, le tranquilizaba. Maldito sueño. ¿Por qué la mataba constantemente? Mamá decía que cuando soñabas con que alguien moría, le dabas más vida. Acabé arrebatándosela. Me inmolé con aquella confesión que se me había agarrado a los bronquios. No me gustan las chicas. Mientras mamá me masajeaba la espalda, solté uno de los dos secretos: mi homosexualidad. ¿El otro? Quería morir. Un viernes 18 de enero fui al médico de cabecera con mi padre por las cefaleas. Ninguna solución. Mi padre me dejó solo al salir del centro de salud. En el camino de vuelta a casa, mientras andaba por la acera y los coches pasaban a mi lado, fantaseaba con abrazarles drásticamente. Llegué a casa sin papá. La habitación de mi hermana, mi refugio (la habitación y mi hermana). Lloré. Mi madre me echaba la culpa de aquel dolor de cabeza. Que me lo inventaba. Que veía demasiadas series y películas. Reventé. Confesé. Me quiero morir. Mamá aún no había asimilado que yo era homosexual. No tardó en contárselo a papá. Mi hermana lo sabía desde mis dieciséis. Lo vomité la penúltima Noche en Blanco de Madrid. Hermana bajó al garaje aquel 14 de enero. Le confesé que había comido en la facultad e ido a la escuela de idiomas directamente para no ver a mamá. Hermana se había quitado un peso de encima. No tendría que mentir más. No tendría que cubrir mis escapadas a la cama de cualquier hombre. Aquel domingo mamá se llevó la desilusión de su vida. Le revelé que cuando ella creía que yo estaba en el bloque de edificios contiguos a casa con mi mejor amiga, estaba en Aranjuez compartiendo mantel y sábanas con un señor diez años mayor que yo. Se llama igual que el abuelo: Manuel. Morí para mamá. Tuvo que construir una nueva versión de su hijo. Un hijo con sexo. Un hijo que de tanto mentir y silenciar, enfermó. Mamá no me enterró. Fingió aceptación. Se llevaba las manos a la cabeza cada vez que tenía una cita con un hombre. ¿Quería castrar a su hijo o evitar que le rompieran el corazón otra vez? Mamá creía que el capricho de 28 años me inoculó el dolor de cabeza. Mamá no sabía que ella era la regadera que a lo largo de 19 años había inundado el cuerpo de su hijo con tensión. Volaron los meses. Llegó octubre. Maldito octubre. Morí para mamá otra vez. Me ingresaron en el hospital -donde nací- un miércoles 9. Prohibí las visitas de mamá. Una semana después marché de casa. Mamá se quedó sola tras un año cuidándome en la enfermedad. Mamá lloraba. Cayó más si cabe en la depresión crónica a la que se había aferrado desde la muerte de abuela, la esposa de Manuel. Mamá enterró a abuelo en 2000. Enterró a abuela en 2004. Enterró a hijo en 2013. Todo sobre mi madre era una de las películas favoritas de Manuel. El capricho. No el abuelo pastor. Mamá se parecía de joven a Marisa Paredes. Mamá vivía en su particular cosmos almodovariano teñido de melodrama. Mamá sobrevivió. Resucité. Volví a morir. Resucité. Volví a morir. Para mi estás muerto. No tengo hijo. Papá estaba en el hospital y rehusé visitarle. ¿En qué estaba yo pensando? En mí. Solamente en mi. Y en el castigo hacia ellos. Pero, ¡ay!, el peor castigo cayó sobre el hijo: la culpa. El remordimiento. Tocaba resucitar de una vez por todas. Hacer a papá y a mamá, padres otra vez. 





Contemplo hoy a mamá jugando con una niña de dos años. Aroa. Hija de Eduardo. Sobrino de Paquita. Hermana de mamá. Hija de Manuel. Aroa llama abuela a mamá. Qué tendrán los niños que amansan a esta fiera.

Confío en darle un nieto a mamá.

Le llamaré Manuel.

"Tu ausencia llena por completo mi vida, y la destruye."

domingo, 3 de abril de 2016

Relatos Cortos (XXV)


Tres otoños, tres inviernos, dos primaveras y dos veranos llovieron desde nuestra apresurada despedida al desembocar la Calle Prim en el Paseo de Recoletos un noctívago domingo de octubre. En aquella ocasión fuimos a ver El largo viaje del día hacia la noche en el Teatro Marquina. Cambiamos nuestro cine por tu teatro. El café El Espejo albergó nuestro tercer ama(r)go de acercamiento pocas semanas antes. ¿Recuerdas en tu casa contemplándonos abrazados y desnudos frente a otro espejo aquel fin de semana de noviembre de 2012? Tras un año y un café en El Espejo, visitamos a Joaquín Sorolla en la Fundación Mapfre con la infanta Elena de imprevista maestra de ceremonias. Compré un marco de fotos con forma de televisor que ninguna instantánea cobijó y un reloj de pared cuyo compás no me permitía pegar ojo. «Francis Bacon murió en Madrid donde tenía un amante» pronunciaste diez estaciones más tarde frente a su Lying Figure (Figura Tumbada) de 1962. Bacon murió tres décadas más tarde en la Clínica Ruber de Madrid rodeado de monjas. «Dos años después de nacer yo y dos antes que tú», puntualizaste tras comentar que mi hermana había nacido en el noventa y dos. Ahora sábado primaveral. Cambiamos la alevosía de la tarde-noche por la inocencia de la mañana-sobremesa. Prometiste pasar sólo media hora en el Reina Sofía tras desayunar en una terraza frente a aquel edificio diseñado -según me relatabas mientras descendíamos sus escaleras camino al Guernica- para ser un hospital. Aquellos treinta minutos mudaron en horas. Lo siento: perdí tu Annie Hall. Rompí nuestras entradas de cine. Te devolví tus fotos de carnet y aquella hoja de calendario de tu cocina fechada a 12 de noviembre de 2012 envueltas en una Cinemanía frente al escenario del Teatro Marquina. Ni siquiera recuerdas que hiciste con aquellos recuerdos: «Posiblemente los tirase a la basura». Que gracia la nuestra: siempre soy yo el que te localiza en nuestros reencuentros. El primero durante un junio de 2012 en Príncipe Pío, tú sentado en aquel coche que pocos meses después te traería quebraderos de cabeza; el segundo durante un septiembre de 2013, tú de vuelta de Inglaterra, sentado sobre el escalón de una caseta de El Retiro; el tercero durante un octubre de 2014 en El Espejo; y el cuarto, el último, el de ayer, durante un abril de 2016 en Atocha frente al Monumento en homenaje a las víctimas del 11-M. Ambos creímos lo mismo: nos daríamos plantón. Hubiera sido un plato frío por mi parte pero la nostalgia siempre aprieta. Francis Bacon murió en Madrid porque su amante era español. Cuarenta años menor que él. Pienso en el abismo con el que mis diecisiete observaban tus veintiuno.