sábado, 22 de noviembre de 2014

'El tiempo de los amantes', la piel suave que habito

Publicado originalmente en Infoactualidad el viernes 21 de noviembre | Todo cinéfilo asiduo de salas de cine encontrará El tiempo de los amantes en la cartelera desde este viernes 21 de noviembre. Se trata de una coproducción del año 2013 entre Francia, Bélgica e Irlanda cuya duración alcanza los 105 minutos y se enmarca dentro de esa fangosa temática como es la “dramedia romántica”.
En un mundo en el que en ocasiones se abraza al agnosticismo (o el ateísmo en su más extrema vertiente), continúa habiendo una intrínseca fe ciega en un sentimiento tan abstracto y personal como el amor; de ahí que la educación más primaria y la vida a lo largo de sus diferentes etapas se construyan en torno al griego Eros, dios responsable de la atracción sexual, el amor y el sexo, no sin olvidar la fertilidad.
Atracción sexual, amor, sexo y fertilidad son precisamente los principales fuegos que apagar en el largometraje Le temps de l’aventure (Jérôme Bonnell, 2013), cuya traducción al inglés Just a Sigh (Sólo un suspiro)  es más reveladora que el título español. Aunque en el cartel promocional de la misma, salga el archiconocídismo irlandés Gabriel Byrne (1950), “la reina del show” es el bellezón francés Emmanuelle Devos (1964), cuya fama en nuestro país podría reducirse a su participación en Coco, de la rebeldía a la leyenda de Chanel (Anne Fontaine, 2009) o Reyes y Reina (Arnaud Desplechin, 2004).
Emmanuelle Devos se mete en la piel de Alix, una actriz de teatro que parece sufrir la `crisis de los 40´ (siempre atenta de la manecillas del reloj) y es el espectador quien contempla cómo se las ingenia para apagar incendios allá por donde va durante sólo un día; ya sea cortejar con la mirada a un desconocido en el tren, no localizar por teléfono a su actual pareja, acudir a un casting de una obra teatral, verse involucrada en el entierro de una persona que ni siquiera conoce, que no funcione la tarjeta de crédito, no tener dinero para pagar un café, dar plantón a su madre, visitar a una hermana a la que lleva años sin ver sólo para pedirle dinero y un largo etcétera. No es casualidad que de vez en cuando suene Concerto Nº6 de Antonio Vivaldi durante varios de los clímax de la película.
Si bien el humor (a veces muy negro, otras, socarrón) emerge en cuanto a las estrambóticas vivencias de la protagonista junto a otros personajes secundarios, el drama florece en cuanto Gabriel Byrne (Douglas) hace acto de presencia gracias a ese juego del gato y el ratón desde su choque de miradas en el vagón de un tren dirección a París, la ciudad del amor.
Por diversos motivos que van revelándose a lo largo de la película, este brevísimo affaire no sólo sirve como desfogo sexual sino primordialmente de catarsis: una purificación emocional, corporal, mental y espiritual. Los diálogos post-coitales ofrecen tal intimidad, familiaridad y secretismo (parece que se conocen de toda la vida) que es cuando el espectador comienza a descubrir el background de ambos protagonistas. Y es entonces cuando, con la verdad en la mano y en los ojos, el amor irrumpe tal torrente esquivando variables como la edad, el status amoroso o el lenguaje materno.
Jérôme Bonnell afirma que la semilla inconsciente de este proyecto es La piel suave (François Truffaut 1964). Como adolescente que era, le marcó de forma particular una larga secuencia nocturna en la que un tercero (Daniel Ceccaldi) evita inconscientemente que dos amantes (Jean Desailly y Françoise Dorléac) estén solos. Pero si hay una comparación odiosa que remarcar es la trilogía de Richard Linklater y en particular su primera parteAntes del amanecer (id, 1995) cuyos personajes de Ethan Hawke (un americano) y Julie Delpy (una francesa) comienzan también un affaire a raíz del coqueteo de miradas en el vagón de un tren. 
El tiempo de los amantes es la película idónea para aquellos que disfruten de las idas y venidas de la rutina diaria interrumpida por irrepetibles momentos que marcan el devenir aún sin ser conscientes.