Empecé este blog con 16 años y otro nombre (Dime que series ves y te diré cómo eres). En un principio solo hubo cabida para las series de televisión, pero más tarde decidí ampliar el contenido a todo aquello que contase con un mínimo de guion/ficción, incluso la propia vida. Decía Susan Sontag en Contra la interpretación que «en las buenas películas existe siempre una espontaneidad que nos libera por entero de la ansiedad por interpretar». Pero Carrie Bradshaw también decía en Sexo en Nueva York: «I couldn't help but wonder...». Contacto: oscarrusvicente@gmail.com

sábado, 30 de marzo de 2019

Memoria amortajada


Sentenció José Ortega y Gasset en Estudios sobre el amor que «cada época posee su estilo de amar». A mi padre, Jesús, de 62 años, se le iluminan el rostro y la voz cuando la nostalgia le empaña el recuerdo sobre su noviazgo con mi madre, MariTina, de 58. Un sábado, de niño, pasamos en coche por un McDonald's de Madrid; papá nos contó a mi hermana y a mí que allí había conocido a mamá durante los ochenta cuando todavía era la discoteca Victoria. Él, de la capital; ella, de un pueblo salmantino, que se había venido pá Madrí como asistenta en un hogar de bien. Acabaron en Suiza sin pasar por la vicaría. Jesús siempre rememora la primera persona con la que habló cuando llegó al pueblo, sin previo aviso, en busca de MariTina. Le preguntó por el barrio Las Tenerías, que dónde vivían Manuel y Gene. Aquella interlocutora era mi tía-abuela, Cecilia, a punto de enviudar de su esposo. Mi padre siempre revela que comprendió lo mucho que quería a Gene –su suegra, mi abuela– cuando, recién muerta, la observó amortajada en el tanatorio. Cuatro años antes, mi abuelo materno había sido amortajado en su casa.
*

El amortajamiento protagoniza uno de los momentos más punzantes de Dolor y gloria, lo nuevoúltimo de Pedro Almodóvar. La madre del protagonista (un cineasta venido a menos) le explica a su hijo cómo quiere ser amortajada: con su mantilla, su rosario y descalza para entrar lo más ligera posible al Cielo. Días antes había visto su cuarta película, ¿Qué he hecho yo para merecer esto! (1984) y me prendé de un detalle tonto: un cuadro ubicado en el piso de la protagonista, una ama de casa(s) hasta el moño.

**

Días después visité a mi abuelo paterno, Alfonso, de 88 años. Eran las cinco de la tarde; estaba dormido sobre la mesa en su despachito, donde lee La Razón y hace sopa de letras. Le desperté para su café, sus cuatro galletas y sus dos cigarritos. Y entonces me topé con el mismo cuadro del filme de Almodóvar: una manada de caballos galopando sobre un enorme charco. Papá me contó que el abuelo se había hecho con aquella pintura, de Alfredo Palmero, en una exposición. Alfonso, como constructor, había trabajado con el hijo de Palmero, aparejador.

***

El mismo sábado que vi Dolor y gloria, un día después de atar cabos, mi abuelo fue ingresado por enésima ocasión en urgencias. Líquido en los pulmones. Un wasap el siguiente jueves: «Acaba de morir». Hace cinco años viví seis meses con él. Fue cuando aprendí lo mucho que le quería.

domingo, 24 de febrero de 2019

Fotogramas que molan (III)


En «Vámonos, Bárbara» (Cecilia Bartolomé, 1978), hay una escena sincera, a la par que polémica.

Durante uno de los viajes de esta particular road movie entre una madre (Amparo Soler Leal procedente de la turbia «Mi hija Hildegart») y su hija, ambas presencian un rifirrafe entre el autobusero y las pasajeras. 

Después de que se baje del autobús una joven con sus 4 hijos (va a cuidar a su madre enferma), una señora manifiesta en alto su lástima hacia ella: «Pobre criatura... A ese marido habría que castrarle». Es cuando el conductor intercede: «¡Oiga usted, ni que fuera sólo culpa del marido! A ver si ella no tiene nada que ver...». Otra pasajera le rebate. Él vuelve a la carga: «Pues para eso se casan, ¿no?». «Sí, para que la espatarren a una y le hagan una barriga cada año. ¡11 tuve yo y 14 mi madre!», le contesta la primera mujer. «¿Y qué quiere usted, que se lo echemos a un perro?», se defiende él. Surge entonces una improvisada conversación entre las pasajeras: «Si un tío tiene miramientos y lleva un poco de cuidao...» / «¡Que van a lo suyo y a una que la parta un rayo!» / «Lo que yo digo... ¡que habría que cortársela!».

Y el señor al volante se enfada: «¡Ya está bien señora, que estoy hasta las narices de oírle insultar!». Ella no se amilana: «¡Pues se tapa las orejas! Y haga el favor de mirar cómo conduce, que nos va a estrellar por meterse en donde no le importa»

Y llega la amenaza de él: «¡O se callan o no sigo!». Y no sigue. Frena y se baja del autobús a fumarse un cigarro. Ellas se amotinan y corren tras él.

PD: Me desconcierta el hecho de que esta película fuera una suerte de remake de «Alicia ya no vive aquí» (Martin Scorsese, 1975), 

domingo, 10 de febrero de 2019

Fotogramas que molan (II)


Eusebio Poncela y una niña Manuela Velasco en «La ley del deseo» (Pedro Almodóvar, 1987). Quizás sea la escena más icónica de esta película. Madrid y su sofocante verano son personajes secundarios. El maravilloso personaje de Carmen Maura una actriz transexual, hermana del cineasta protagonista– tiene tanto calor que una noche le pide a un trabajador de la limpieza que le riegue enterita. Es un acto de liberación y rebeldía. La película es ELLA. 



Me gusta cómo Almodóvar (con cameo inclusive como dependiente de una ferretería) introduce la pantalla partida durante la conversación telefónica entre Pablo (Poncela) y su examante Juan (Micky Molina se da un aire a Álex García). «Estoy tratando de olvidarte y cuando uno trata de olvidar, no escribe», le dice el protagonista. 


Almodóvar marcándose un fugaz cameo como ferretero

Más allá del guiño paternofilial (los Guillén como padre e hijo policías), me quedo con el ¿guiño? a «Arrebato» (Iván Zulueta, 1979): la escena de Pedro, el cineasta, con una fan (Marta Fernández Muro). En la película de Zulueta, los personajes de Poncela y Fernández Muro comparten amistad, droga y curiosidad malsana hacia el primo de ella, el enigmático Pedro (Will More).

La ley del deseo (arriba) y Arrebato (abajo) 


domingo, 3 de febrero de 2019

Fotogramas que molan (I)


Eusebio Poncela en «Arrebato» (Iván Zulueta, 1979). El escenario es reconocible: la Plaza de los Cubos de Madrid. Años más tarde, Poncela volvería a protagonizar una escena en este mismo lugar en «La ley del deseo» (Pedro Almodóvar, 1987). En ella, su personaje (un cineasta homosexual) se despide temporalmente de su nuevo y obsesivo amante (Antonio Banderas). Donde desayunan (la cafetería con paredes de color naranja) es ahora un 100 Montaditos. El Burger King, de fondo, está ahora en otro local más a la derecha de la plaza; ahí ahora hay un McDonald's. Parece que al cineasta manchego le gusta esta localización. En la soberbia «Julieta» (2016), hay una escena en el subterráneo que conecta con la Calle de Martín de los Heros; más concretamente en la fachada de los Renoir Princesa. 


miércoles, 23 de enero de 2019

A «Estoy Vivo» le ha funcionado el «más es mejor» en su entretenidísima segunda temporada

La serie, comandada por Javier Gutiérrez, ha potenciado su vertiente sobrenatural sin descuidar los enredos dramáticos y amorosos de todos sus personajes.



Allá por los noventa, Iris DeMent cantaba «Let the mystery be!» («¡Deja que el misterio sea!»). Una canción que la descomunal pero desconocida serie de HBO «The Leftovers» (2014-2017) convirtió en máxima durante sus tres temporadas, además de ser el hilo musical de los créditos iniciales durante su segunda parte. La ficción, creada por Damon Lindelof («Perdidos», la próxima «Watchmen» seriada) y ambientada en un futuro íntimamente apocalíptico, fue finalmente una historia de cómo el amor mueve montañas a pesar de la inexplicable desaparición del dos por ciento de la población mundial.

O si no, que se lo digan a los tórtolos de la serie «Fringe» (2008-2013), cuyo romance traspasó líneas temporales y universos paralelos; o al padre y la hija protagonistas de la película «Interstellar» (2014). En la ciencia ficción, el amor es un Deus Ex Machina. Y nos lo comemos con patatas. Es por ello que «Estoy Vivo», la serie de Televisión Española que acaba de cerrar su segundo año, se digiere tan estupendamente a pesar de ser un refrito de mil títulos ya vistos. La creación de Daniel Écija es el menú gourmet de Macdonald's.

Esta segunda tanda de episodios tenía un reto importante más allá de cumplir con la cuota de pantalla: mantener el sarao (drama familiar-romántico-policial-sobrenatural con dosis de humor macarra y muchísimo azúcar), justificar dicho segundo asalto argumental (pues la trama de El Carnicero ya se había finiquitado) y resolver el enigma con el que se cerró la primera temporada: ¿quién demonios es la mujer de Márquez?

Para evitar un mal mayor, los guionistas decidieron dar un salto temporal de año y medio después de que Márquez (Javier Gutiérrez), escoltado por El Enlace (Alejo Sauras), regresase a La Pasarela para exigir explicaciones a La Directora (Julia Gutiérrez Caba), el oráculo confuso: ¿por qué su nueva identidad sí tenía un pasado? Y aunque en «Estoy Vivo» las reglas están para saltárselas (Sebas descubrió sin penalización que Márquez es en realidad Vargas), hay una inamovible: el tiempo de La Pasarela transcurre más lento que el de La Tierra. Por lo que vuelta a empezar.

«Estoy Vivo» ha funcionado como secuela, pero esencialmente como reinicio. Nuevo salto temporal, nuevo villano en las sombras y el cronómetro a cero: recuperar el cariño de los seres queridos a los que el protagonista abandonó por el bien mayor. La serie hereda de «Águila Roja» el clásico dilema del superhéroe, impedido de revelar su identidad. El protagonista es un supermán de barrio que debe aceptar su destino y, de paso, remendar los flecos sueltos del pasado.


La relación de Márquez (Vargas en realidad) con su exmujer Lola (Luz Valdenebro) ha sido uno de los mayores aciertos de esta nueva temporada. Lo que, a priori, parecía un nuevo obstáculo para el protagonista, acabó siendo uno de sus grandes apoyos profesionales y personales. El buenhacer de Valdenebro ha convertido su papel en algo más que «la otra» despechada. Ejemplo de ello es la relación de máxima cordialidad entre Lola y Laura (Cristina Plazas), dos mujeres unidas por los desplantes del enigmático protagonista.

Si durante la primera mitad de la segunda temporada, Lola fue dueña y señora del show (su asesinato fue uno de los momentos más impactantes y emotivos), el otro gran personaje que se apropió del título de la serie ha sido El Enlace/Iago tras descubrir que había sido un humano antes de convertirse en un tecnológico ángel de la guarda. Mientras que la temporada debut de «Estoy Vivo» siempre giró en torno a Bea (Lucía Caraballo), la hija adolescente de los Vargas; este año la trama sobrenatural ha recaído en Iago, unido muy personalmente a la niña fantasma y el maquiavélico empresario Mendieta.

Y he aquí otro punto a favor de estos nuevos 13 episodios: de una historia de demonios (los «hostiles»), capitaneados por un alienígena que quiere evitar la invasión humana de su planeta,  hemos pasado a un relato de fantasmas con cuentas pendientes en la Tierra. Así la ficción ha continuado escribiendo su particular tesis sobre los recuerdos y la nostalgia. 


Ya lo hizo hace un año con el personaje de Arturo (Zorion Eguileor), el padre de Vargas/Márquez, que sufría Alzheimer. Y lo ha repetido este 2018 con el difícil personaje del comisario Santos (Fele Martínez), que recayó en el alcoholismo, atrapado por el remordimiento (él podría haber evitado la muerte de su mejor amigo Vargas) y su matrimonio con Laura, convertido en parche.

Ídem con Laura que, en un giro de los acontecimientos, descubrió momentáneamente la verdadera identidad de Márquez por culpa de un tumor cerebral: su marido, Andrés Vargas (Roberto Álamo), había resucitado en el cuerpo de otro hombre. Este viaje al baúl de los recuerdos se ha materializado elegantemente en «flashbacks» de la cuadrilla formada por Vargas, Laura, Sebas (Jesús Castejón) y Santos cuando todavía eran jóvenes y… amigos.

Aunque la trama sobrenatural ha sido bien llevada (hasta el décimo capítulo, luego cuesta abajo con frenos), la gran baza de «Estoy Vivo» ha continuado siendo el melodrama constante con unos personajes apasionados hasta la médula pero escritos a la perfección. El mejor ejemplo es el de la policía Susana Vargas (Anna Castillo en su salsa) que, con el beneplácito de los guionistas, ha tenido las mejores escenas (la visita a Moaña en busca de su amante desaparecido Iago), las mejores frases («¡No puedo con tanta testosterona!») y el mejor triángulo amoroso, consiguiendo además bajar los humos al antipático y machito David (Alfonso Bassave).


En «Estoy Vivo» las contradicciones (para algunos personajes es invierno; para otros, verano) y las lagunas de guion (¿Por qué Mendieta mató a su nuera?) no impiden disfrutar del resultado final: una historia entretenidísima en la que priman el amor y el fueron felices y comieron perdicesno tanto si queda bien atado el misterio.

A la cita semanal de TVE (y Amazon Prime Video España) se acudía para reír, llorar, asustarse lo justo, suspirar…, pero sobre todo porque el espectador sabía que, a pesar de todas las maldades habidas y por haber en el madrileño barrio de Vallecas, siempre habría un bonito desenlace: el confort de que los buenos siempre ganan… hasta que aparece una nueva fuerza demoníaca.

Las dos temporadas de «Estoy Vivo» están disponibles en RTVE.es y Amazon Prime Video España

domingo, 17 de junio de 2018

Cosquillitas hertzianas

El periodista Brian Reed entrevista a un horólogo en el podcast «S-Town»

Apaga el televisor y enciende tu transistor 
y siente unas cosquillitas por los pies. 
«Sólo se vive una vez» – Azúcar Moreno

De las hermanas Salazar a Mark Twain: «La única diferencia entre la realidad y la ficción es que la ficción necesita ser creíble». El podcast estadounidense S-Town y el programa de televisión español Radio Gaga toman prestados elementos tanto de la ficción –el carácter episódico, el detallado ornamento audiovisual– como del periodismo –el género documental, la entrevista– para hablar de realidades invisibles que acaban superando la más inventiva fábula.

Las siete únicas entregas de las que consta S-Town fueron estrenadas el 28 de marzo de 2017, sin apenas promoción y todas ellas de golpe, á-la-Netflix. En cuatro días rompió todo récord: diez millones de descargas. ¿Su máximo responsable? El productor Brian Reed, procedente de otro programa de radio periodístico como Serial, cuya primera temporada en otoño de 2014 también puso «patas arriba» el podcasting mundial, ganándose incluso una parodia en el legendario programa de televisión Saturday Night Live.

Si para empujar a las personas a que «sintonizaran» Serial, bastaba con disparar su premisa (una periodista reabre tras 15 años un caso de asesinato cuyo culpable encarcelado podría ser inocente), resulta compleja esta tarea con su inesperada sucesora, S-Town, aunque su punto de partida sea exactamente el mismo.

Mientras que en 2014 fue la periodista Sarah Koenig quien semanalmente aireó por las ondas su investigación sobre el asesinato de una adolescente en Baltimore, en 2017 hizo exactamente lo mismo Brian Reed con su pesquisa sobre un supuesto asesinato que había tenido lugar en una recóndita localidad de Alabama. Koenig se agarró a los testimonios del presunto culpable del asesinato, Adnan Syed. Reed se aferró a los de su excéntrico confidente, John B. McLemore, el protagonista absoluto de S-Town. Y en ambos casos –como ya sucediera en el macabro documental televisivo The Jinx durante 2015–, la relación profesional entre entrevistado y entrevistador choca con dos muros: el personal y el ético-periodístico.

Sin embargo, tras sólo dos episodios, S-Town se deshace ingeniosamente de todo aquello limítrofe al género true-crime (un asesinato es investigado, como el de A Sangre Fría, de Truman Capote). Durante las cinco entregas restantes se realizará una desoladora radiografía de la sociedad de Alabama, idónea para entender la América de Trump; del mismo modo que Serial escaneó la islamofobia tras el 11S. También se locutará una hermosa pero a la vez dolorosa semblanza sobre un relojero anticuario «redneck» como John B. McLemore. Y todo ello a través de los enriquecedores testimonios de sus más allegados, inclusive del propio Reed, de otro hombre que confiesa haber visto más de cincuenta veces la película Brokeback Mountain o de una señora del Sur profundo de Estados Unidos que enchufa a Andrea Bocelli cuando está de mal humor.

Benidorm inaugura la segunda temporada del programa «Radio Gaga»
La segunda temporada del terapéutico programa televisivo Radio Gaga (#0, de Movistar+) abre con una viuda veraneante de Benidorm que pide a sus presentadores, Quique Peinado y Manuel Burque, que le pinchen La vida es bella, de Nicola Piovani. En otra entrega, Robert les cuenta que escuchar a Beethoven, Mozart y Chopin es un bálsamo. «Pero si ahora no tengo casa, ¿dónde puedo escuchar música?», se resigna.  «Pues aquí, en Radio Gaga», le responde un afectado Peinado.

Este imprevisible dúo dinámico se desplaza por la geografía española con su radio-caravana para entrevistar «a calzón quitado» a gente corriente y moliente. Una premisa tan básica que, sin embargo, conduce a una complejidad temática, aparentemente sólo apta en la televisión de pago. El proyecto fue descartado por Televisión Española.

En esta nueva tanda de seis entregas, Peinado & Burque –apoyados en un equipo mayoritariamente femenino detrás de las cámaras– han visitado Benidorm, una clínica de salud mental especializada en trastornos de conducta alimentaria, un centro de acogida para personas sin hogar, una localidad granadina en la que conviven conversos sufíes y hippies, ¡e incluso India!

Algunos de sus protagonistas entrevistados han sido jubilados, adolescentes e indigentes, figuras que no suelen tener voz en los medios de comunicación y, en caso de que lo hagan, de manera estereotipada. Radio Gaga les ofrece tiempo, silencio y respeto para contar sus dramáticas historias a cambio de una canción.

También se abre con sumo mimo un melón de tabúes (la enfermedad, la adicción, la vejez, la muerte, la sexualidad, la pobreza, el islam) sin caer en la obscenidad emocional, ayudándose del humor y del optimismo; siempre además desde unas acertadas perspectivas de género (los testimonios son principalmente de mujeres) y étnico-racial. Radio Gaga se ha servido de la quintaesencia radiofónica para construir el mejor programa de la televisión española contemporánea.

Un exindigente visita el lugar donde solía dormir en «Radio Gaga». De banda sonora, un Nocturno de Chopin.

domingo, 1 de abril de 2018

La pintura indiscreta



«Querías un drama, aquí lo tienes». Es la frase que Picasso –en calidad de pintor observado–  le espeta a Henri-Georges Clouzot –en calidad de cineasta observador– tras siete minutos (¿siete horas?) de chapa y pintura, de los 75 que dura en total El misterio de Picasso (Le Mystère Picasso), película protagonizada por el primero y dirigida por el segundo en 1956.

¿Es entonces El misterio de Picasso un drama? Más bien un experimento, un documental que escapa de la dualidad drama/comedia más allá del desparpajo del malagueño, quien se presta a ser observado mientras (des)pinta inéditas obras por parte de Clouzot; un año antes, el francés había estrenado con éxito el filme de suspense Las diabólicas. De misterio a misterio: sobre el mito de Picasso («Ahora todos lo saben…») y sobre los cuadros que el pintor, uno tras otro, va elaborando frente a la curiosidad del espectador, al que una vez finalizados, le son regalados unos segundos de contemplación. Y lienzo/fundido en blanco otra vez…

Mientras que la voz en off inaugural habla de la opacidad de la poesía (Rimbaud) y de la música (Mozart), El misterio de Picasso se propone vislumbrar la pintura, pero también el cine: Clouzot se presta igualmente a ser observado, a mostrar cómo se hace un filme («Para la película es complicado…por el público»). La esencia de El misterio de Picasso reside en su director de fotografía, Claude Renoir –quien también sale brevemente en pantalla–, nieto de la pintura (Pierre-Auguste Renoir) y sobrino del cine (Jean Renoir). Se trata de una conversación entre el tercer y el séptimo arte con cigarro en mano y sin camisa.

El visionado de esta hipnótica película es como ir paseando de cuadro en cuadro en un museo. Con música de fondo a base de piano, guitarra o incluso tambores; o el sonido de la brocha en continuo movimiento. El valor añadido es observar no sólo el proceso de creación de cada cuadro sino también las idas y venidas de un dubitativo y –a fin de cuentas– humano Picasso («Me gustaría profundizar en la historia. Tomar todos los riesgos para ver cómo la pintura se amontona una sobre otra, a medida que se hace»), quien se resiste a preocuparse por los gustos del público («Soy muy viejo para empezar ahora») para así finalmente desvelar el misterio: «la verdad en el fondo del pozo».

viernes, 2 de febrero de 2018

Todas las canciones hablan de ti




«How much sorrow can I take?» / «¿Cuánta tristeza puedo soportar?»
Canción: Mistery of Love
Autor: Sufjan Stevens

La película Call Me by Your Name (Luca Guadagnino, 2017) podría ser resumida por las tres canciones de Sufjan Stevens que forman parte de su banda sonora: dos originales (Mistery of Love & Visions of Gideon), compuestas exclusivamente para la cinta, y una anterior (Futile Devices). Mucho (y bonito) se ha dicho sobre CMBYN [«Ensalada de hormonas y frondosidad de emociones»] por lo que, a excepción de algunas notas personales, poco más hay que añadir sobre esta historia, adaptación de la novela homónima de André Aciman, publicada hace ya una década.

Esa tristeza casi insoportable, sobre la que canta Sufjan Stevens, es la que siente Elio (Timothée Chalamet, el rey de este erótico show) a sus 17 años cuando, sin comerlo ni beberlo (ese melocotonazo tiene mayor osadía en la novela), se encuentra inmerso en un affaire con un hombre de 24 años (Oliver, encarnado por un adonis llamado Armie Hammer). Quizás su primer affaire serio con alguien. Definitivamente su primer amor. Un amor, para más inri, de verano. Ese verano que durará toda una vida en el recuerdo.

Los tópicos nunca son buenos compañeros, pero, mal que me pese, el primer amor nunca se olvida. Jonás Trueba ya lo atestiguó en su particular reconquista («La esperanza del reencuentro»). Aciman y la dupla Luca Guadagnino+James Ivory (mano a mano entre dirección y guión) también lo han atestiguado con Llámame por tu nombre, una novela/película que va más allá del molde coming of age cuyo conflicto central no es la orientación sexual de sus protagonistas ni la ocultación de su romance (nunca se juega con el «¿Les pillarán y se liará la de San Quintín»?) sino la cocción a fuego lento del amor entre dos hombres y el destino de cuasi tragedia griega que les aguarda: la realidad.

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Soy incapaz de expresar en palabras todo lo que Call me by your name me hizo sentir, primero durante su lectura y después su visionado. ¿Todos? hemos vivido ese primer amor (que no supe gestionar, que me vino grande, con el que jugué pensando que era un mero pasatiempo sexual), ese verano decisivo (pasear por La Laguna con mi amiga Mars y pedir al verano de 2012 un amor estival que acabara en septiembre. Se cumplió, vaya si se cumplió...) esa pérdida de la inocencia, ese contar las horas-minutos-segundos hasta que le ves, ese pensar que ya no es tu amante sino tu enemigo porque no te presta toda la atención del mundo («Traitor!», como diría Elio), ese dejar huella en algunos lugares que siempre te/me recordarán a él... El Aranjuez de Sampedro.

Pero es simplemente eso: un recuerdo. Para toda la vida. Tu primer amor. Tu primer polvo con amor («¿Qué prefieres? ¿Un polvo con alguien desconocido muy salvaje o un polvo con alguien conocido del que estás enamorado?», diría la Lucía de Medem). Tu primer corazón roto. Tu primer y último verano con 18 años, pavoneando el plumaje de la inmortalidad. Sin embargo,... «Later!», como diría Oliver.

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Lo que más me sorprendió de la adaptación cinematográfica fue la incorporación de un diálogo de sobremesa entre los padres de Elio y un matrimonio amigo sobre la muerte de Luis Buñuel, la cual tuvo lugar un 29 de julio de 1983, el mismo verano del affaire protagonista de Call me by your name. «El cine es un espejo de la realidad y un filtro», diría el marido de dicho matrimonio. 

Puede que Llámame por tu nombre no sea el espejo de nuestra realidad física (al fin y al cabo, es una historia de niños ricos intelectuales –a diferencia de MoonlightWeekend o Brokeback Mountain por ejemplo– en la que se desatiende el conflicto de ser queer durante la década de los 80 en un país como Italia; la casona/familia es una burbuja protectora), pero sí es el espejo de nuestra realidad emocional al apelar, no a lo que vivimos, sino a lo que sentimos con la edad de nuestro Elio.


Es por ello que un sinfín de espectadores manifiestan quedarse devastados tras su visionado  [«¿Qué tiene ‘Call me by your name’ para haber dejado a sus espectadores devastados?»], cuyo último suspiro se ve exacerbado por el rostro de Timothée Chalamet frente al fuego (me recordó a ese estático y extenso plano protagonizado por Aziz Ansari en un taxi en la serie Master of None) y la canción Visions of Gideon.

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¿Soy el único que pensó en las Cataratas del Iguazú de Happy Together (Wong Kar-Wai, 1997) al ver el Cascate del Serio en Call me by your name?

Happy Together

viernes, 23 de junio de 2017

(Meta)televisión de autor, female gaze y otros apuntes del montón

Master of None (Netflix) regala múltiples postales en su sobresaliente segunda temporada
Antes que nada, perdónenme la amalgama. En cuanto a spoilers, se avisará pertinentemente de su presencia en el párrafo. En el texto se hablará de The Leftovers, Master of None, I Love Dick y Crashing (UK).
Existe la posibilidad de que más de alguna cadena de televisión (o plataforma de Video Bajo Demanda) cobije alguna que otra joya escondida entre su catálogo de series. Joyas que precisamente sobreviven gracias a grandes producciones emitidas en la misma cadena/plataforma y cuyos beneficios permiten la existencia de estas ficciones minoritarias, encargadas en cierto modo de otorgar un nombre y un prestigio a la "marca" -premios, ser la niña bonita de la crítica especializada- más que una ganancia económica y comercial. Posiblemente gracias a Juego de Tronos, Damon Lindelof y Tom Perrota hayan podido desarrollar The Leftovers durante tres temporadas en HBO, o Looking tuviese la oportunidad de despedirse con una película tras dos temporadas de audiencias paupérrimas y mínima conversación.

Lo mismo ocurre en AMC con su producto estrella The Walking Dead (y su spinf-off 'Fear The Walking Dead'), cuyo éxito durante siete años seguramente pague las facturas de Halt and Catch Fire y Turn (cuyas cuartas temporadas serán las últimas) o incluso Better Call Saul, el spin-off de Breaking Bad [¡qué lástima que Rubicon llegase meses antes que The Walking Dead!]. Fuera de la televisión de cable estadounidense, también hay ejemplos como el de American Crime en ABC (el prestigio les ha durado tres temporadas) o Master of None en Netflix. ¿Cómo puede existir un producto tan minoritario y de autor como este último citado? Gracias a éxitos (a veces de crítica, otras no) como Stranger Things, Por 13 razones, Fuller House (Madres forzosas) o las películas de Adam Sandler.

Luego hay ejemplos como el de I Love Dick, serie de Amazon, cuya existencia parece estar motivada como recompensa a su responsable, Jill Soloway, por la tremenda visibilidad que Transparent -su otra hija- le ha dado a la plataforma, la cual pensaba pegar el petardazo llevándose a Woody Allen a la "pequeña pantalla" y sin embargo, su Crisis in Six Scenes se quedó en agua de borrajas y, lo más importante, no generó conversación en Internet ni por parte de la crítica especializada (más allá de defenestrar la ficción sin sal) ni por parte de los espectadores que la ignoraron.

I Love Dick (Amazon) es el retrato de un matrimonio venido a menos pero también el de los deseos sexuales de varias mujeres
Seguramente The Handmaid's Tale vaya a pagar las facturas de otras series de Hulu (¿The Path?). Master of None podría ser otra serie más sobre un cómico/actor que interpreta a una especie de versión ficticia de sí mismo que intenta hacer malabares entre su vida profesional y personal. Aziz Ansari no es el primero ni el último en hacerlo. Ahí ya estaban Louie C.K. y su Louie, o Larrie David y su Curb Your Enthusiasm.  O incluso valdría The Comeback de Lisa Kudrow. ¿Más ejemplos? Episodes con Matt LeBlanc, Better Things de Pamela Adlon o incluso, ¡eh!, ¿Qué fue de Jorge Sanz? de nuestro David Trueba o El fin de la comedia de Ignatius Farray.

En Master of None o The Comeback (o 30 Rock, claro está), el mundo de la televisión y de los actores/presentadores es un personaje más. Tan sólo hay que poner como ejemplo el arco argumental de la segunda temporada de Master of None con su protagonista como presentador de un concurso de cupcakes. En Girls, a veces uno no sabe qué voz habla a sus espectadores: si la de la ficticia Hannah Horvath o la Lena Dunham de carne y hueso; como precisamente ocurre en el tercer episodio de la sexta temporada, 'American Bitch' (*). En Girls también sale de vez en cuando ese mundo de la interpretación (vía Adam), el del periodismo (vía Hannah) o incluso el de la música (vía Marnie).

(*) Un episodio que puede verse perfectamente sin haber visto la serie anteriormente. ¿Más razones? Una de peso:  sale Matthew Rhys (The Americans). Este 'American Bitch' (6x03) de Girls podría funcionar perfectamente como combo con el 'Buona Notte' (2x10) de Master of None al tener como columna vertebral temática, la sombra de agresiones sexuales de un hombre famoso (escritor o presentador de televisión) hacia mujeres.

¡Aviso, spoilers de Master of None! | Está claro que en la semibiográfica One Mississippi (una muy recomendable "dramedia" de Amazon, por cierto), hay mucho de Tig Notaro, su protagonista y co-creadora junto a Diablo Cody, responsable de United States of Tara. En Master of None también hay mucho de Aziz Ansari  y Alan Young, sus creadores. Ellos, mejor que nadie, pueden hablar de racismo. Pero, como en la mejor ficción, en Master of None se habla de todo sin subrayar (casi) nada. Habla con perspectiva de género (su 'Ladies and gentelman' denuncia con gracia el mal trago de las mujeres al volver a casa durante una noche de fiesta o 'New York, I Love You' muestra cómo una chica pide a su novio que éste le practique sexo oral, harta de sólo ser ella quien "baja") a la par que construye una historia de amor que cruza el Atlántico o te espeta en la cara a un personaje público acusado de agresiones sexuales a mujeres y cómo éste intenta desentenderse del asunto delante de las cámaras. Fin spoilers.

Los planos en la tercera y última temporada de The Leftovers (HBO) dicen más que mil palabras
¡Aviso, spoilers de The Leftovers! | The Leftovers se nota que es hija del mal trago de Damon Lindelof con Perdidos. Podría decirse que la tercera temporada de The Leftovers se las apaña para enmendar la mala ejecución de las buenas ideas que poblaron la sexta y final temporada de Perdidos. ¿O acaso la realidad visitada por el protagonista de The Leftovers, Kevin Garvey, durante sus dos últimas temporadas no podría ser la misma que la realidad alternativa de la sexta temporada de Perdidos? En ambas realidades, sus personajes no saben que están muertos. En ambas ficciones, el salto del plano de la realidad al plano de lo fantástico (al más puro estilo Becqueriano en sus leyendas) es continuo y en ocasiones cuesta discernir qué es verdad y qué no (la última confesión de Nora Durst en The Leftovers es el exponente más claro). Fin spoilers.

Hay arrojo, por ejemplo, en la decisión de contar la historia de The Leftovers desde el punto de vista de un personaje por episodio (algo que Skins hacía). Una decisión, tomada al inicio de la segunda temporada, que revitaliza la ficción hasta límites insospechados. La evolución del tono de The Leftovers a lo largo de sus 28 episodios -desde la casi inaguantable pesadumbre del inicio hasta la minúscula esperanza esbozada al final- recuerda a otra serie de autor -Ray McKinnon- que experimenta semejante conversión: Rectify. Dos ficciones que duele ver en sus albores pero que poco a poco van iluminándose incluso en la selección musical. En The Lefovers, por ejemplo, la presencia de las desgarradoras composiciones de Max Ricther va disminuyendo con el pasar de las temporadas.

Tanto en The Leftovers como en las citadas Master of None I Love Dick, sus responsables se permiten el lujo de suspender la trama principal en cualquier momento; The Leftovers lo hace en sus tres volúmenes (*), Master of None lo hace con su 'New York, I Love You' (2x06) en el que el protagonismo es cedido a una variedad de personajes que habitan en la capital o su 'Thanksgiving' en el que el protagonismo es cedido al personaje de Denise (Lena Waithe, guionista de ese capítulo para más inri) con una espléndida Angela Bassett como su madre; I Love Dick también hace lo propio en 'A Short Story of Weird Girls' (1x05) otorgando el protagonismo a tres personajes femeninos secundarios (**). Todos estos capítulos incluso pueden funcionar como una especie de mediometrajes de treinta minutos, independientes de sus respectivas temporadas. Mención especial al capítulo de casi una hora de duración de Master of None ('Amarsi un po') en una ficción cuyos episodios no sobrepasan la media hora.

(*) ¡Aviso, spoilers de The Leftovers! El 1x09, 2x08 y 3x07. En la primera temporada, la digresión sirve para mostrar un flashback de casi una hora. Este extenso flashback, en cierto modo, podría haber funcionado como carta de presentación de la ficción; sin embargo, no habría tenido el mismo efecto (la revelación de Laurie por ejemplo) si hubiese sido emitido como "piloto". Las digresiones de la segunda y tercera temporada sirven para Kevin visitar ese mundo de ultratumba, permitiéndose la serie abrazar su lado más Lynchiano. Fin spoilers.
(**) Sería erróneo describir a los tres personajes como "femeninos" pues uno de ellos -Devon- parece encajar más en el género no binario. Nunca se explicita más allá de que en sus flashbacks, su madre le llama "Dolores" -"Mi nombre es Devon" es su respuesta- y le insta a comportarse como una "señorita.

En I Love Dick -cuya fuente original en un ensayo del mismo nombre escrito por Chris Kraus y publicado en 1997- su protagonista parece ser una especie de alter ego de Jill Soloway al ver cómo su vida personal y el conocer a determinadas personas suponen una fuente de inspiración y creación de arte. Mientras la segunda temporada de Master of None es un claro homenaje al cine clásico italiano (Michelangelo Antonioni, Federico Fellini), I Love Dick rinde homenaje a mujeres cineastas como Jane Campion (La pianista), Chantal Akerman (Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles) o Sally Potter (Orlando), mostrando incluso clips de las películas anteriormente citadas en una escena del primer episodio.

Dicha escena es reveladora  pues muestra a dos hombres -escépticos de que una mujer pueda hacer una película sobresaliente ofreciendo razones sin fundamento alguno- hablar del trabajo cinematográfico de una mujer con ella misma delante. Es más, teniendo enfrente a la creadora de una obra de arte, uno de los hombres sólo pide opinión sobre dicha obra al otro hombre (marido de ella). Como también ocurre en El Ministerio del Tiempo, las referencias artísticas a las que se alude en Master of None y I Love Dick son fuente de una voluntad didáctica hacia sus audiencias.

Fotograma del sexto episodio de la primera temporada de Crashing (Channel 4 / Netflix)
Si I Love Dick apuesta al 100% por la mirada femenina (female gaze) en la que por una vez el objeto deseado es un hombre (el personaje interpretado por Kevin Bacon, quien llega a verbalizar su malestar con dicha cosificación), Master of None apuesta por una masculinidad no hegemónica (con la excepción del personaje de Bobby Cannavale, el cual acaba recibiendo palos) con un Dev que cruza las piernas al sentarse, planifica una cita con una mujer pidiendo consejo a su mejor amigo o expresa sus sentimientos sin pudor alguno. Puede que la serie más famosa de Netflix por su carácter inclusivo sea Sense8, sin embargo, Master of None también apuesta por la inclusión de diferentes etnias/razas, culturas, religiones y orientaciones sexuales.

En cierto modo, el personaje de Dick en I Love Dick sirve como muso de su protagonista, Chris (Kathryn Hahn). Precisamente en el ya mencionado episodio 'A Short Story of Weird Girls', el personaje de Toby -cuyo sobresaliente expediente universitario en Historia del Arte se debe al estudio del cuerpo de la mujer en el porno- expone cómo hay muchas más mujeres desnudas en el arte por su condición de musas pues el artista suele ser un hombre. Esto conecta con el tercer episodio de la británica Crashing -protagonizada, creada y escrita por Phoebe Waller-Bridge, también artífice de Fleabag- en el que el personaje de Melody confiesa que no está acostándose con Colin sino que él es su muso. Una confesión que el resto de personajes no sabe muy bien cómo asimilar.

En Crashing, se nota quién está detrás de los guiones: una mujer. Hay una trama concerniente al orgasmo de un personaje femenino e incluso el personaje de Melody -una pintora francesa- llega a decir que lo que quieren [los hombres] es que las mujeres odien sus propios cuerpos. Melody además es quien toma la iniciativa para llamar la atención de un hombre mayor y no al revés. Un hombre que llora (porque su mujer le ha sido infiel) y que su único deseo es pisar la hierba de su antiguo jardín.

Como regalo de despedida, el mejor plano de The Leftovers en una memorable escena a golpe de 'Take on me' de A-ha.

lunes, 19 de junio de 2017

Deshojando la primavera televisiva


Da gusto encontrar calidad en la televisión española. En la pública, en la privada y en la de pago. Pensé que le dedicaría a estas alturas algunas palabras (halagadoras) a La casa de papel, la última incursión del sello Atresmedia Series -Antena 3, vamos- pero personalmente ha supuesto una decepción. Es lo que tiene vender la serie como el paso siguiente a Vis a vis (*). Y no llegarle a la suela de los zapatos en arrojo. El primer episodio está bien, francamente bien, y aguanta la hora y veinte minutos de rigor. Sin embargo, toda la adrenalina del primer episodio va diluyéndose en los siguientes episodios y varias decisiones de guion dejan en entredicho la vitoreada calidad de la ficción.

(*) Por cierto, Vis a vis podría contar, según Bluper, con una inesperada tercera temporada en FOX España.

Aviso spoilers de La casa de papel | Un ejemplo de ello es el cómo se fragua la relación entre los personajes de El Profesor (Álvaro Morte) y la inspectora Raquel Murillo (Itziar Ituño, quien protagonizó Loreak); entiendo lo que los guionistas pretenden hacer con este tórrido juego del gato y el ratón (en la línea de lo que Sé quién eres hace con Juan Elías y Eva Durán o Homeland con Brody y Carrie) pero no funciona por la rapidez de los acontecimientos. Otro ejemplo es el no-asesinato de Mónica a manos de Denver. Si algo que hizo Vis a vis en su segundo episodio fue demostrar que no le temblaba el pulso en matar a personajes, un aviso de que cualquier giro de acontecimientos podía pasar y cualquier personaje podía morder el polvo. Y así pasó. Sin embargo, lo peor que le podía pasar a La casa de papel era resultar previsible al jugar en un género donde el giro de guion es su principal arma. En mi caso, me bajé del atraco tras el tercer episodio precisamente por previsible. Eso sí, Úrsula Corbero no desentona en la serie y su Tokyo mola. No tanto el triángulo amoroso (¿qué necesidad?) en el que se ve metida. Aún así, me da cierta rabia haber dejado aparcada La casa de papel por sus aires de ficción de auteur y por su potencial. Un potencial, siempre recuerdo, que Sin identidad logró sacar adelante tras una que-sí-que-no primera temporada. Quizás 18 episodios -como temporada única aunque se promocione el parón veraniego como final de temporada- sean demasiados.

Plano cenital en el 1x01 de La casa de papel
Aviso, spoilers de El Caso Asunta | Sin embargo, y contra todo pronóstico, debo escribir alabanzas sobre El Caso Asunta: Operación Nenúfar (rebautizado como Lo que la verdad esconde para continuar con la marca en un segundo volumen sobre los Marqueses de Urquijo) de Bambú Producciones y Antena 3. Un documental de tres entregas enmarcado en el género del true crime que sigue la estela de otro true crime muy bien hecho en nuestro país: Muerte en León (Movistar+), del que hablé en febreroEl Caso Asunta sirve sobre todo como una punzante crítica al juicio mediático paralelo que se orquestó en los medios de comunicación (*) y en la opinión pública (una radiografía al fin y al cabo de nuestra sociedad contemporánea) así como exposición de que el camino de la justicia está lleno de piedras y mala praxis (**). Siempre desde el respeto (***) y huyendo del fácil amarillismo, el documental consigue ni más ni menos que declaraciones de los máximos protagonistas del caso mediante conversaciones telefónicas y cartas. Precisamente las duras palabras de Alfonso Basterra durante una carta entre él y Ramón Campos son el material para cerrar el documental. En dicha correspondencia, Basterra llega a confesar que tras salir de la cárcel, una vez conseguida la libertad, se suicidará. Un final (****) acorde al aparente propósito de los responsables de esta investigación: generar dudas sobre un suceso en el que se dieron por hechas demasiadas circunstancias. Podría pensarse que otro de los propósitos es humanizar a los verdugos-víctimas.

(*) La propia Antena 3, más concretamente el programa matinal Espejo Público, no se libra de los dardos ni tampoco 13TV o Federico Jiménez Losantos en esRadio. Una pena que no hubiera fragmentos de los programas de sucesos de Telecinco.
(**) El documental consigue exponer cómo determinados testimonios o incluso pruebas definitorias no llegaron al juicio. Algo que Muerte en León también destapó durante sus últimos compases.
(***) Quizás el único pero sea el mostrar el cadáver de la niña.
(****). Muy lírico. Como el pasaje final de A sangre fría

También estoy viendo El Puente, programa de #0 (Movistar+) que supone el regreso de Paula Vázquez ya no sólo a la pequeña pantalla sino también a un género de televisión que a la gallega ya le había dado alegrías: el reality show de aventura y supervivencia. Y cómo no, también estoy viendo el tercer volumen de Tabú de Jon Sistiaga, su programa de reportajes de #0, esta vez dedicado a la maldad. En ambos productos, la factura técnica es un personaje más que ayuda a crear una atmósfera determinada. Se ha llegado incluso a comparar El Puente -formato de telerrealidad- con Perdidos -formato de ficción- por la manera de presentación de los personajes/concursantes: dos por programa. Si hay algo que hace excepcional a El Puente es que se toma su tiempo para colocar las fichas sobre el tablero y sobre todo: para poner las cartas boca arriba. Serán ocho entregas en total.


Aviso, spoilers de la tercera temporada de El Ministerio del Tiempo | Los tres programas anteriormente citados tienen algo de ficción -ya sea la reconstrucción de un hecho, los elaboradísimos planos o la prestación de técnicas narrativas más propias de las series y el cine- pero para ficción -con algo de realidad, de historia- está El Ministerio del Tiempo, la cual ha regresado a La 1 de TVE con su ya tercera temporada. "Pintada, no vacía: pintada está mi casa del color de las grandes pasiones y desgracias". Estas palabras sirven en el segundo episodio de la tercera temporada para despedir (o dar la bienvenida, según se vea) a un personaje ya icónico de la serie: Lola Mendieta (Natalia Millán/Macarena García). La frase pertenece al poema Canción última de Miguel Hernández y sólo una serie como ésta podía incluirla de manera tan elegante. Hablando de pintura, pareciera que El Ministerio del Tiempo fuera hija del mejor costumbrismo, aquel que pinta cuadros como espejos.

La ficción creada por los hermanos Olivares no ha gozado de un camino de rosas a lo largo de toda su existencia y la apertura de esta tercera temporada así lo demuestra: la despedida del personaje de Julián (Rodolfo Sancho) fuera de cámara. Y es aquí donde sus responsables han demostrado una vez más, que de la necesidad, hacen una virtud. Aún así, da coraje que después de toda la maraña que se armó en la segunda temporada para que Sancho compaginara las grabaciones de El Ministerio con Mar de plástico, ahora el personaje desaparezca así para siempre. O no... ahí tenemos el caso de Lola Mendieta.

La serie, además, continúa con su labor didáctica y jugueteando con la historia. O más bien, retorciéndola, como ya hiciera a su manera la estadounidense Sleepy Hollow. Si en el 3x01, la ficción propone revisitar los clásicos de Alfred Hitchcock; el 3x02 enseña una de las claves del final de la Segunda Guerra Mundial, y el 3x03 cuenta de qué trataba el verdadero romanticismo allá por el siglo XIX. Julián se ha marchado, Pacino ha regresado, y la serie ni se ha molestado en avivar el tórrido affaire entre este último y Amelia pues El Ministerio, como siempre se encargan de recordar sus responsables, no es un culebrón. Otra de sus valías es que nunca se olvida de dónde vienen sus personajes, qué les ha ocurrido en temporadas anteriores. Los arcos argumentales, llamémosles "emocionales", son cuidados hasta en la mínima expresión como el chascarrillo de Pacino sobre la exacerbada predilección de Amelia por los poetas (Lope de Vega para mayor concreción).

El Ministerio continúa mudando de piel cada semana sin miedo alguno: del cine clásico a la literatura romántica (con la presencia de elementos propios del Romanticismo como la luna, la niebla, el cuervo, la dama pálida... el misterio al fin y al cabo) pasado por las historias de espías. El Ministerio del Tiempo, desde el terreno de la ficción, también hace una radiografía de nuestro país o incluso de nuestro tiempo. Para muestra, dos ejemplos del tercer episodio de la tercera temporada: la conversación entre la joven Lola Mendieta y Salvador:
- Hay un país que vive en democracia pero que aún conserva vicios del pasado. Nuestros vecinos del norte nos miran por encima del hombro y nosotros miramos por encima del hombro a los del sur. Tenemos el país que merecemos.
- ¿Y eso es bueno o es malo?
- Buena pregunta.
Y la conversación entre Amelia, Pacino y Alonso:
- ¿Y qué? ¿Tienes ganas de conocer a Bécquer?
- Sí, soy una gran admiradora de su obra.
- ¿Y tú?
- Bueno...yo... me aprendí alguna rima en el colegio...para ligar.
- ¿Y te funcionó?
- ¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú.
- Los del siglo XX tenéis mal entendido el Romanticismo.
- ¡Habló la experta!
- El otro día saqué un DVD de la biblioteca, una comedia romántica, y de romántica no tenía nada.
- ¿Y no había dos enamorados?
- Sí... pero el Romanticismo en realidad es la exaltación del yo y de lo subjetivo. De la insatisfacción ante un mundo que nos limita.
- ¡Anda coño y yo sin saberlo!
- Los románticos prefieren fusionar su alma con la naturaleza agreste y oscura, que es el espejo de sus emociones.
- ¡Anda!
- En lugar de comedia romántica, tendrías que haber mirado cine de terror.
- Pues entonces no leáis las leyendas del susodicho Bécquer si no queréis que se os aflojen las tripas.
- ¿Pero tú te las has leído?
-  Por supuesto, les eché un vistazo. Son inquietantes. Yo es que no lo entiendo. La vida ya es suficientemente ardua y sombría, ¿para qué inventarse historias escalofriantes?
- Porque eso es el Romanticismo. 
La serie siempre finaliza por todo lo alto (algo que por cierto, El Puente sabe hacer también) ya sea con alguna reflexión (las últimas palabras del personaje de Miryam Gallego antes de tirarse al vacío en el 3x03) o algún golpe emocional (las flores en la tumba del 3x02). Finales en alto que no necesitan de giro de guión alguno pues cuentan con lo más importante: corazón. Aún recuerdo el cierre del sexto episodio de la segunda temporada, aquel dedicado a la figura de Houdini, quien pide a la patrulla poder regresar a la Hungría del pasado para ver a su madre. TVE emitirá un total de seis nuevos episodios para después del verano emitir los siete restantes.


Poesía eres tú, El Ministerio del Tiempo.

domingo, 14 de mayo de 2017

El órdago de 'Sé Quién Eres' que gripó su motor

Final del episodio 9: éste podría ser fácilmente el cenit de Sé Quién Eres
Sé Quién Eres acaba de finalizar en Telecinco tras la emisión ininterrumpida de su única temporada de 16 episodios con una audiencia más que estable, Las chicas del cable acaba de aterrizar en Netflix como su primera producción de ficción en España, La casa de papel se estrenó el pasado martes 2 de mayo con más de 4 millones de espectadores en Antena 3 (*) , el favor (¿exacerbado?) de la crítica especializada y un equipo responsable como aval (procedentes de Vis a vis), y TVE está a punto de estrenar la (ya) tercera temporada de El Ministerio del Tiempo, posible gracias a un acuerdo de colaboración con Netflix sobre sus derechos. Cuatro series que (para bien y para mal) están dando de qué hablar y eso es siempre positivo en nuestra ficción televisiva. Hoy hablaré de Sé Quién Eres.

(*) Con resbalón de audiencia en el segundo episodio. Más de un millón de espectadores se ha dejado por el camino en una semana. Hubo trampa: el estreno de la serie tuvo como telononera a una semifinal de Champions con doble sabor madrileño.

Al promocionar por enésima vez el inminente estreno de Sé Quién Eres a principios de año (habían sido varios los amagos de sacarla del cajón desde que empezó a grabarse en verano de 2015), a los de Telecinco se les ocurrió la idea de rememorar los tiempos de Twin Peaks y hermanar ambas ficciones: comparar el evento que supuso la ficción estadouniense de David Lynch en 1990 y el evento que se deseaba que fuese la ficción española de Pau Freixas en 2017. Por partes: tras la emisión del último capítulo de la primera temporada de Twin Peaks (por lo visto, Telecinco había prometido la resolución del misterio: el icónico "¿Quién mató a Laura Palmer?"), la centralita de la cadena se colapsó con llamadas de espectadores defraudados (*). Aquí la prueba en El País. Telecinco supuestamente quería curarse de espanto y es por ello que no quería atreverse a emitir el final de la primera temporada de Sé Quién Eres y montar semejante revuelo al de Palmer. Inicialmente se había contado que Sé Quién Eres contaría con dos temporadas, cada una de diez episodios (***). Pero más tarde se decidió solapar ambas temporadas, reducir el número de entregas a dieciséis y emitir la serie del tirón para evitar -ejem, ejem- el colapso de las centralitas (ahora twitter) de Telecinco. Más allá de mi incredulidad ante tal respeto por el espectador (*), es de agradecer su programación sin parón alguno. Las horas intempestivas son otro cantar.

(*) Algo que Antena 3 tenía la manía de hacer con El Internado anunciando los finales de temporada como finales de serie.
(**) El Príncipe pasó de los 6.290.000 espectadores (33,3%) del final de su primera temporada a los 4.883.000 (24,7%) del estreno de la segunda tras once meses de parón.
(***) La misma planificación llevada a cabo con La verdad, una de las series que Telecinco tiene en recámara. Parece que la próxima en desempolvar será Perdóname señor, miniserie de ocho episodios protagonizada por Paz Vega. Una mezcla entre El Príncipe y El Niño que no huele muy bien.

El bienmalavenido matrimonio Elías-Castro
Pero al César lo que es del César: Sé Quién Eres ha conseguido mantener una audiencia fiel de más de 2 millones de espectadores a lo largo de quince semanas, independientemente de la oferta del resto de las cadenas (la tercera temporada de Allí abajo de Antena 3). En mi caso, la he estado viendo gracias a HBO España al tenerla en catálogo en menos de 24 horas tras su emisión original. Pero aquí importa qué serie ha sido al final Sé Quién Eres, no sus números. Tras ver sus dos primeros episodios, escribí entusiasmado sobre ella: una digna heredera del mejor thriller (y culebrón cañí) de Motivos Personales y Acusados, una serie cuasi de autor, un misterio capaz de soportar la hora y cuarto de duración por episodio y unos personajes con la moral y los escrúpulos en stand by. La originaria primera temporada de la serie (o sea, sus diez primeros episodios) supone ya no sólo un entretenimiento de primera sino que por momentos es una serie de calidad de la que presumir como exportación.

A partir de aquí, spoilers | A Sé Quién Eres no le tembló en pulso en resolver el enigma de la amnesia real o fingida de su protagonista Juan Elías a los seis episodios; no le tembló el pulso a la hora de resolver el gran misterio central en un prologando (y efectivo, aprovechado) flashback durante el inicio del décimo capítulo; tampoco le tembló el pulso en resolver la identidad del topo entre las bambalinas de la ley, ni en retratar un matrimonio tan bien-mal avenido como el de Juan Elías y Alicia Castro (con una escena de sexo un tanto turbia en el hotel o ella dispuesta a tirar un cadáver por su amnésico marido) o abrazar por momentos el romanticismo heroico del villano Elías y su antigua amante -Eva Durán- para echarlo por tierra y empantanarlo hasta límites insospechados. Simultáneamente, la ficción tenía un ritmo frenético (siempre un giro, siempre una nueva pista) pero también se tomaba su tiempo para desarrollar a todos y cada uno de sus personajes y sus dilemas (Giralt y su marido fallecido es un ejemplo, el no querer volver a casa y refugiarse en el trabajo).

Aviso, spoilers de Homeland | Pero algo se torció con el cliffhanger con el que se despidió el décimo episodio, aquel que los señores de Telecinco no querían dejar en suspenso/suspense durante un año. Resuelto el enigma de Ana Saura (un whodunit entretenidísimo y bien hilado), se abrían dos nuevos enigmas: ¿Quién ha apuñalado a Alicia Castro? y ¿qué pasará con Ana Saura en cautiverio? Algo valiente hay en el traspase del décimo al undécimo episodio pues la serie muda radicalmente de piel, cambia su status quo (*). Sé Quién Eres ya no es una ficción devota al whodunit (aliñado con drama familiar-legal) sino una especie de drama psicológico. Durante el traspase, la serie perdió el encanto y Juan Elías y Ana Saura dejaron de ser tan interesantes. Lo mismo que le pasó a Homeland una vez resolvió el enigma sobre el ambiguo Nicholas Brody e incluso se le convirtió en doble agente. La gran baza de ambas series era la ambigüedad, el inflamable juego del gato y el ratón. Si el gran enigma concerniente a Ana Saura se resolvió en unos tempos imprevistos (9 episodios), los enigmas menores protagonistas de los últimos seis episodios sí han sufrido la demora: ¿importaba tanto a caso la identidad del atacante de la jueza Castro como para liar la perdiz hasta casi el último respiro de la serie? (**).

(*) Vis a vis también cambió de status quo en el ecuador de su segunda temporada tras -spoilers- el asesinato de los padres de Macarena y del Sirio. De este modo se dio carpetazo a la trama de la venganza entre familias a costa de un tesoro. Aquel salto al vacío por parte de los guionistas regaló, contra todo pronóstico, un maravilloso episodio como el 2x11 gracias al nuevo arco argumental con Zulema como protagonista absoluta. Un as bajo la manga preparado progresivamente desde el 2x01.
(**) El último giro de guion revela que Juan Elías no intentó matar a su mujer Alicia Castro pero sí tenía la intención de hacerlo e incluso presenció cómo Sergio Mur se le adelantaba. Funciona como punch emocional y encima sirve para justificar el destino macabro reservado a Eva Durán, su muerte a manos de su examante. 

Eva Durán (Aida Folch) ha sido el 'corazón' de la serie
Por otra parte, la situación de Ana Saura se prologa en demasía (sirve para que Pol abrace por momentos la villanía de su padre, reticente a ello previamente), agotando el momentum que podría haber supuesto el regreso al mundo de los muertos de la chica desaparecida. Da la sensación de que el epílogo de seis episodios funcionaba más sobre el papel que en su ejecución. En última instancia, el punto y final al misterio de Ana Saura (la ambición le lleva a encubrir a su secuestrador) se ve eclipsado por el de Alicia Castro. Muchas idas y venidas (que si Sergio Mur es el atacante de Alicia Castro, que si Sergio Mur es diestro o ambidiestro, que si el atacante resulta ser el padre de Sergio Mur, que si Sergio Mur acaba confesando que él sí la apuñaló. Tres cuartos de lo mismo con el secuestro de Julieta a cargo de Heredia), muchos personajes olvidados (David, Giralt) o desaparecidos durante episodios (Eva Durán,el 'corazón' de la serie, o Marta Hess) en favor de nuevos (Martín Barros) e incluso tramas que se quedaron en el tintero (el hermano gemelo de Pol).

La serie incluso pierde cierta calidad visual en los últimos seis episodios en los que pasan tantas cosas por minuto que al final no dejan huella. Sí, me parece valiente que los "malos" acaben ganando la partida (*)  y se reafirme la corrupción de la familia Elías-Castro-Saura, capaz de convivir con tantos secretos y tejemanejes pero al ser tan coherente el desenlace con la filosofía de la serie (el encubrimiento del hermano gemelo de Po, los consentidos cuernos extramaritales de Juan y Alicia, la identidad del padre de Julieta), no desencaja la mandíbula. Creo que me hubiera gustado ver aquella Sé Quién Eres de veinte episodios. Ah, que el capítulo final dure casi dos horas (exactamente una hora y cuarenta y cinco minutos) es demencial.

(*) Me viene a la mente el desenlace de Sin identidad (Antena 3) -spoilers- regalando a su antiheroína protagonista un desenlace más que satisfactorio (formando una familia) y al resto de personajes castigos más o menos duros como Amparo desterrada a su pueblo (en vez de sufrir la trata de blancas como su hermana había planificado) o Luisa negándose a sí misma una vía de escape.