Comencé en ésto de blogger con 16 años pero no le di vidilla al blog hasta los 18 tras empezar la universidad. En un principio sólo hubo cabida para series pero luego expandí la temática a todo aquello que tuviera un mínimo de guión/ficción; ¡hasta la propia vida, señoras! Decía Susan Sontag: "En las buenas películas, existe siempre una espontaneidad que nos libera por entero de la ansiedad por interpretar". Bienvenidas. Contacto: oscarrusvicente@gmail.com

lunes, 20 de marzo de 2017

En defensa de un clásico desdeñado: 'Sexo en Nueva York'


Sin spoilers | En una época en la que -vayamos a exagerar- se estrena cada día una serie nueva (a veces una temporada completa nueva gracias a/por culpa de plataformas como Netflix o Amazon), se hace cada vez más difícil no prestar atención a las novedades y descubrir viejas glorias, manantiales de inspiración de tales novedades. Si cuando disfruté de Netflix, aproveché para ver excelentes series británicas que no tenía pensado hacer (Doctor Foster, River), ahora HBO España -cuya suscripción comencé para recompensar mi ilegal visionado de los primeros ocho capítulos de Westworld- también me está dando sus frutos: la sexta y final temporada de Girls (miedo me dan los derroteros en esta especie de prólogo), la miniserie Big Little Lies (un tanto inofensiva y más light de lo que esperaba pero muy entretenida), Sé Quién Eres (el noveno episodio es un órdago en toda regla con un cliffhanger aguardado pero no con tal prontitud) y Sex and the City/Sexo en Nueva York. Prefiero utilizar el nombre original pues -aún sin saber exactamente el porqué- encapsula mucho mejor la razón de ser y esencia de una serie que en ocasiones es olvidada a la hora de recomendar los clásicos de HBO que todo seriéfilo debería ver como The Sopranos, The Wire o Six Feet Under. Aquí una columna de Emily Nussbaum sobre tal olvido: Difficult Women.

Mi mayor reticencia al aproximarme a Sex and the City era su posible caducidad. Los clásicos no suelen envejecer pues -perdón por la osadía de dármelas de experto- suelen hablar de temas tan universales que no pasa de moda el tratar los mismos. Six Feet Under/A dos metros bajo tierra, casi doce años después de haber finalizado, sigue estando vigente. Más que nunca, diría yo. La experiencia era la siguiente: nunca entré en el mundo de The Sopranos o incluso The Shield porque ya había comprado el de Breaking Bad. Aquí era Girls el hándicap pues la premisa básica de ambas series es la vida de cuatro mujeres en la ciudad de Nueva York. Claro, que la primera diferencia es que las protagonistas de Sex and the City están en la treintena (e incluso cuarentena) mientras que las de Girls están en la veintena. Con Girls como referencia, Sex and the City podría saberme a poco pues, ¿qué me iba a contar que ya no me habían contando otras series de corte similar? Osadía la mía.

Tras 3 temporadas y 48 episodios vistos, mis malsanos prejucios seriéfilos han sido disipados a golpe de unos personajes perfectamente construidos (cuyos clichés sirven de gags constantes y los guionistas deciden abrazar a pesar de renunciar a una mayor profundización), unos diálogos afilados, un excelente humor que se amolda a las tramas de turno y un drama nada exacerbado. Sí es cierto que la serie a veces se permite dejarse llevar por la intensidad de Carrie (Sarah Jessica Parker) y su affaire con Big (Chris Noth). ¿Otra diferencia? El tono. Puede que Sex and the City, a medida que la serie avanza (y por tanto conocemos más a las protagonistas y hay romances que se convierten en arcos argumentales), gana peso dramático pero casi todos los conflictos de sus personajes son contados en clave de comedia; tan sólo hay que ver cómo la gran trama de Charlotte durante la tercera temporada es desarrollada. Podría haber sido un dramón, no lo es. Sex and the City no es una dramedia, es una comedia. Sin embargo, a día de hoy, de Girls no se podría decir ni por asomo que es una comedia. Personalmente, mientras veo Sex and the City, encuentro un happy place (lugar feliz) de 20 minutos de duración mientras que en Girls, encuentro acidez e incomodidad a raudales. Ambas buscan provocar pero mientras que la primera es más benévola con su espectador, la segunda es más descortés.

Carrie (Sarah Jessica Parker) durante uno de sus típicos monólogos mediante voz en off
Es patente e innegable la revolución que supuso Sex and the City allá por 1998: cuatro mujeres hablando y disfrutando del sexo sin "atadura" (*) alguna. El espectador está ahora acostumbrado a ver series donde ésto sucede, empezando por Girls, pasando por Transparent y acabando en Fleabag. Tres ejemplos donde el pensar y actuar feministas de sus creadoras (Lena Dunham, Jill Soloway y Phoebe Waller-Bridge respectivamente) queda claro aun con sus contradicciones (que no dudan en plasmar en pantalla). Previo visionado, me preguntaba: ¿encontraría Sex and the city demasiado machista? ¿Poco feminista? Es innegable que la serie -como su propio título indica - se dedica principalmente a indagar (e hurgar) en la vida amorosa-sexual-romántica de sus cuatro protagonistas, dejando (muy) poco espacio para tramas que muestren aspectos -por ejemplo- profesionales. Es más, la serie es consciente de ello desde (casi) el inicio de la misma: en el primer episodio de la segunda temporada, Miranda (Cynthia Nixon) se queja de que la única conversación que tienen sus amigas gira en torno a hombres. Parece incluso un mensaje a aquellos críticos de televisión que tildaran a la ficción de frívola, misógina o machista. La ficción no brilla precisamente en su aproximación a la diversidad de género y sexual pero es fácilmente obviable. ¿Es, por ejemplo, reprochable que Carrie no crea en la bisexualidad y se refiera a ella como una fase hacia la homosexualidad? Es cuestión de comprar o no lo que su creador Darren Star (**) ofrece.

(*) Sí hay ataduras pues si no, no habría serie.
(**) Ahora con Younger; allá por los 90, artífice de Melrose Place y Beverly Hills, 90210/Sensación de vivir.

Me aventuraría a decir que no es que Sex and the City sea una serie machista sino una serie donde sus personajes pecan de cierto machismo, muy notable en los personajes de Samantha (Kim Cattrall; quien para equipararse a los hombres, se comporta igual que ellos en lo profesional y sexual, o sea, muy agresivamente) y Charlotte (Kristin Davies, una mojigata creyente en el amor romántico e incapaz de decir en voz alta "palabras sucias") y más ambiguo en los personajes de Carrie (cuyas dudas que todo feminista debería replantearse son la mecha temática de cada episodio) y Miranda, quizás el personaje que más represente a la mujer feminista contemporánea, aquella que se resiste a aceptar el techo de cristal, sufre y detecta los pormenores del éxito profesional a la hora de ligar con hombres o cómo la soltería e incluso el vivir sola en un gran apartamento son percibidos negativamente por otras personas. Miranda no concibe una relación amorosa con otro hombre que absorba todo su tiempo (Charlotte sí, por ejemplo), lleva el pelo corto, no viste de forma ""femenina"" ""hegemónica"" y tira de cinismo a raudales (a la par que Samantha). Un ejemplo: una conversación entre Samantha y Miranda. La primera se pregunta por qué ahora todos los hombres quieren que las mujeres se depilen el vello púbico a lo que la segunda responde: "Es obvio. Quieren a una niñita".

Big (Chris Noth) durante una de sus primeras apariciones en la serie
¿Y Carrie? El gran escollo pero a la vez piedra angular de Sex and the City es sus idas y venidas con el personaje de Big (Chris Noth). He aquí otro de mis prejuicios: cómo no agotar el denominado end game entre Carrie y Big, o sea, el deseo de que una pareja de una serie de televisión sobreviva hasta el último episodio. Por suerte, Chris Noth -como ya hiciera posteriormente en The Good Wife- no es un personaje regular por lo que en muchos episodios ni se le ve. Además, como también ocurre con el personaje de Adam en Girls (*), Big es un tipo que cae mal al principio por pecar de misterioso pero el embrollo en el que se ve inmerso entre la recta final de la segunda temporada y la tercera, le humaniza. No hay algo que me enfurezca más en la ficción que hacer romper a una pareja por caprichos de guion y menear la trama; en Sex and the City, las ideas y venidas de Carrie y Big han tenido razón de ser hasta el momento. Eso sí, Carrie es un personaje mucho más interesante cuando Big está en la sombra. Pero al César lo que es del César, si la serie tiene golpes de efecto (es comedia pero por algún lado habrá que enganchar a largo plazo) es gracias a este romance que nunca sabes cuando va a reflorecer nuevamente. Ídem con -spoilers- la relación entre Miranda y Steve -fin spoilers-.

(*) En un principio el end game de la protagonista, Hannah Horvath.

Si en Girls, la amistad es retratada con suma decadencia, Sex and the City es un canto a la amistad incluso cuando las cosas se ponen feas. Tan sólo hay que ver los rifirrafes entre Charlotte y Samantha -polos apuestos- o -ligeros spoilers- la primera gran bronca entre Carrie y Miranda, una amistad que poco a poco se hace más estrecha al ser los personajes que más "dilemas" y personalidad comparten -fin spoilers-.Si hay una comedia contemporánea que canta a los cuatro vientos la amistad entre dos mujeres neoyorquinas, esa es Broad City. En definitiva, Sex and the City es un imprescindible clásico de HBO ya no sólo por la innumerable lista de actores y actrices que fueron apareciendo como personajes episódicos o la oportunidad de reconocer el germen de series actuales sino por algo tan básico como que entretiene. Muchísimo. Y ni ha caducado todavía ni es sólo una serie para mujeres. Es más, con las gafas violetas puestas, el visionado adquiere mayor riqueza.

"Yo siempre voto a los candidatos según su apariencia" - Samantha Jones (Kim Cattrall)

domingo, 12 de marzo de 2017

Relatos Cortos (XXIX)

Los hermanos Gregson en la tercera temporada de la serie de televisión 'United States of Tara'

En medio de aquel batiburrillo festivo, propio de la celebración de un cuarto de siglo, tropecé con la conclusión de que había perdido definitivamente a mi hermana. Ya no viviría sus despertares ni sus soliloquios productos del sonambulismo. Hubo un tiempo en el que nos visitábamos en nuestros respectivos dormitorios, convertidos a largo plazo en refugios a prueba de insultos. Durante aquella velada sabatina, me cayó un jarro de agua bien fría: «Me ha abandonado...». Pero mi hermana no es la verdugo. Hubo una vez que soñábamos vivir juntos. Sin mamá. Quizás con papá (como acto de recompensa. O caridad). Pero mi hermana es la víctima. Fue su hermano (yo) quien abandonó el nido de águilas no una vez sino en dos ocasiones. Durante el primer exilio, me lloraba, me imploraba el regreso. Meses antes, en vísperas del verano, ella decidió dejar de hablarme. Recuerdo el compartir un autobús dirección Moncloa una mañana y ella no dirigirme la palabra. Me era merecido aquel castigo. Durante el segundo y por ahora último exilio, fue ella misma quien me condujo a mi destino. Incluso me animó a ello aún sabiendo el inevitable aislamiento expectante en la ácida morada de nuestros progenitores. Recuerdo aquel viaje de más de una hora en coche como si fuera ayer.

Visito a papá y mamá; no está ella. Extraño abrir la puerta de su habitación sin llamar. Extraño preguntarle que «cuándo va a cenar», que si «cenamos juntos». Extraño el casi mearnos de risa contándonos inverosímiles anécdotas. Extraño regresar a casa de fiesta juntos. Extraño hasta tirarle mi ropa interior sucia a la cara. Extraño verte llorar. Extraño que me veas llorar. Pero tú eres más feliz en tu nuevo hogar y yo lo soy en el mío ya no tan nuevo. Me entristece que nuestra relación fraternal no vaya a ser la misma a pesar del cumplir de las buenas nuevas soñadas estos últimos tiempos. Me entristece no recordar con exactitud nuestro día a día de antaño. Me atemoriza un nada apetecible futuro en el que -ya adultos- nos echemos las vergüenzas a la cara sin pudor alguno y no prime el recuerdo de nuestras infancia y adolescencia en común. Te aseguro que en menos tiempo del que imaginas, descansarán en tu memoria exclusivamente las bondades de vivir con papá, mamá y servidor. Dejaré de usar palabras como abandonarexilio para catástrofes si acaso venideras. Hasta entonces, disfrutemos de la paz apremiada. Nos irá bien en la vida, es una corazonada.

sábado, 4 de febrero de 2017

Lo breve bueno

Poca tele y cine veo últimamente. Tiene sus pros y sus contras. No veo todo lo que me gustaría estar viendo (Loving, Toni Erdmann, la segunda temporada de The Man in the High Castle) pero lo poco que veo, lo escojo con sumo cuidado para su casi seguro disfrute. Ha sido el caso de la cuarta y final temporada de la serie Rectify, el documental Muerte en León (Justin Webster, 2016), la película Little Men (Ira Sachs, 2016) o la serie Sé Quién Eres, cuyo mayúsculo entretenimiento me llevó a escribir sobre ella. Bueno, también he tenido tiempo de leer finalmente A sangre fría de Truman Capote.

Rectify, en su cuarta temporada, resulta más luminosa y esperanzadora que nunca
Con respecto a la serie de SundanceTV (aquí una introducción a su peculiar mundo), es de agradecer que el tono del último volumen haya sido un poco más luminoso y la ficción no haya desbarrado en su intento de desmarcarse del típico whodunit (porque a Rectify nunca le interesó quién había matado a quién). En tiempos de discursos de odio, sus últimos episodios abogan por el perdón y la redención en vez de por la venganza. Apuesta por el futuro esperanzador de sus personajes. El final es onírico tal y como la serie lo fue especialmente durante sus primeros capítulos con un Daniel respirando a bocanadas un mundo nuevo tras veinte años en la cárcel. Una poesía en imágenes que Capote, por ejemplo, también trasladó en palabras para cerrar una novela de no ficción demasiado cruda por momentos. El escritor le cede el protagonismo al héroe de la historia y mediante flashback, apuesta por la vida entre las tumbas de un cementerio.

En el caso de Muerte en León, documental de cuatro entregas de Movistar+ que se une a esta nueva ola del true crime ya sea en el género documental, (The Jinx, Making a Murderer), el radiofónico (Serial, Le llamaban padre) o de ficción (American Crime Story), sí que interesa quién mató a quién y el 'entre bambalinas' de un crimen y un juicio que abrieron informativos durante semanas: el asesinato de la política leonesa Isabel Carrasco. Al igual que ya ocurriese durante los últimos compases de The Jinx, Muerte en León también se encarga de arrojar un twist aunque no de tal magnitud como aquel micrófono abierto delatador de hace dos años. En el caso español es -spoiler- cuestión de llamadas telefónicas nunca puestas en duda, fin del spoiler


La intro de Muerte en León es una declaración de intenciones y casa totalmente con el tono del documental
Muerte en León, al igual que hiciese aquella primera investigación de Serial con Baltimore, también realiza una radiografía de una ciudad y una España manchadas de corrupción. El giro más loco del documental de Movistar+, más propio del culebrón tipo Scandal o How to get away with murder, es -aviso de spoiler- la posibilidad de que Carrasco tuviera un interés sexual hacia la hija de su verduga, fin del spoiler. Y lejos del Fresh Blood de Eels que ilustra con suma mala baba la intro de The Jinx, Muerte en León inicia dicha radiografía en los mismísimos créditos de manera más sombría y seria.  Por cierto, si hay algo que agradecer a la creación de los periodistas Webster y su colega Enric Bach -procedente del Salvados de Jordi Évole- es el rehuir de una abusada reconstrucción de los hechos; son sólo pequeñas píldoras sobre los minutos clave del crimen que nunca muestran más de lo debido. En The Jinx sí que fueron más explícitos con las reconstrucciones. Aún así, me da la sensación de que las investigaciones periodísticas de The Jinx y Serial tuvieron mayor repercusión (no sólo en términos de audiencia) en los casos investigados. ¿Dónde está ahora mismo Robert Durst? Exacto.

En la deliciosa Little Men, capaz de abstraerme en un día pre-exámenes, no hay ningún fiambre pero sí algún que otro muerto metafórico que los personajes deben cargar sobre sus espaldas. Little Men, al igual que ya ocurriese con su prima hermana Love is Strange (Ira Sachs, 2014), pertenece a esa ficción en la que parece que no pasa nada pero está pasando de todo. Como en su día ocurriese con Mad Men. Sachs y su colega Mauricio Zacharias consiguen que cada elipsis y fundido a negro funcionen como un reloj suizo y aunque su médula sea aparentemente la amistad entre dos chicos adolescentes neoyorquinos, existen muchos frentes abiertos cotidianos alrededor. La cinta no adoctrina ni tiene un único discurso (*) dejando total libertad al espectador que forme un veredicto, si es que llega a alguno. Me parece peculiar cómo Sachs y Zacharias utilizan la muerte como elemento catalizador tanto en Love is Strange (último acto) como en Little Men (primer acto). Peculiar también cómo el cierre de ambas películas abre aún más la historia: el futuro esperanzador del adolescente. Ya sea probando las mieles del primer amor o acudiendo a un museo con sus nuevos compañeros de instituto.

(*) Me quedo con uno de sus tantos mensajes: en la vida todo es cuestión de equilibrio y de confiar en las capacidades de uno mismo. O esa rabia acumulada descargada del progenitor contra el hijo descubriéndole un secreto: los padres también son humanos. Y se equivocan.

Ejemplo de perfecta elipsis en Little Men
Por cierto, ya que he hablado de una producción de Movistar+, qué menos que mencionar Tabú de Jon Sistiaga. Su segundo volumen (Y al final, la Muerte...) está dedicado al óbito y cuyo riesgo no reside únicamente en el qué se cuenta sino también en el cómo, con un despliegue técnico que en la televisión española en abierto tan sólo podría ser equiparado con el de Salvados (laSexta). Aquí, la voz en off y reflexiones de Sistiaga sí encogen el pecho no como los del Chester de Risto. Este segundo volumen tan sólo consta de 5 entregas de una hora de duración. Rectify tiene 30 episodios. Muerte en León, 4 entregas. Little Men no llega a los 90 minutos. Sé Quién Eres -viento en popa tras el tercer capítulo- sólo tendrá 16 episodios.  Lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Ah, ¿recordáis quién era también muy buena en las elipsis? Mad Men.

miércoles, 25 de enero de 2017

'Sé quién eres' sabe qué (buena) serie es


Sin spoilers | Tenía ganas de hincar el diente a Sé Quién Eres, lo nuevo de Telecinco y Pau Freixas (Pulseras Rojas). Lo último de ficción de Mediaset que había visto -no vale Cámbiame- fue la miniserie de 6 episodios Hermanos allá por otoño de 2014; la pretensión de retratar la España de los 80-90 a través de la relación entre dos hermanos y su vecina (*) de toda la vida quedó en agua de borrajas. Ha llovido desde entonces (Telecinco tenía aún entre manos el exitazo El Príncipe). Más ha llovido desde que siguiese regularmente una serie de televisión de la cadena: Acusados (2009-2010), por la que corrieron virtuales ríos de tinta debido a sus descaradas similitudes con la estadounidense Damages. Eso sí, me lo pasé pipa con la segunda temporada de la serie protagonizada por Blanca Portillo -ahora en Sé Quién Eres- y José Coronado (posteriormente reclamo en El Príncipe) en la que dejó de vivir de las rentas del plagio, construyó un nuevo misterio desde (casi) cero y coqueteó con el espíritu de Motivos Personales y el arrojo de incluso matar algún personaje principal (**).

(*) Eso sí, María Valverde estaba espléndida como periodista.
(**) Spoiler de 'Acusados': El asesinato del bonachón Jorge Vega supondría un punto de inflexión en el ecuador de la 2ª temporada. Daniel Grao abrazaría con acierto la villanía años después en Sin Identidad. Fin spoiler.

Si Acusados o Motivos Personales -dos muy buenas series de la factoría Telecinco- pertenecían al género whodunit, Sé Quién Eres (más o menos) también: ¿quién es el responsable de la desaparición de una joven? No, Sé Quién Eres no arriesga en temática (*) pues, ¿cuántas películas y series giran en torno a la desaparición de una chica? Me viene a la mente The Killing y su Rosie Larsen (**) o incluso esa marcianada de TBS llamada Search Party cuyo McGuffin es la 'desaparición' de Chantal. Pero incluso en España tuvimos a la Patricia Marcos de Desaparecida. Además, la actualidad siempre acaba superando a la ficción tristemente. No hay nada más lucrativo para la sección de sucesos del magazine matinal de turno que una chica desaparecida. En Sé Quién Eres, su nombre es Ana Saura y, cómo no, bajo sospecha está un miembro de su familia: su tío Juan Elías (un Francesc Garrido como anillo al dedo). La ficción no obvia la presencia de los medios de comunicación sino que es un elemento clave a la hora de hacer avanzar la trama. Ah, por cierto, en Acusados también había un sospechoso desde el principio: Joaquín de la Torre (José Coronado).

(*) ¿Acaso lo hace Pulsaciones (Antena 3) con algo tan hollywoodiense como el trasplante de almas? Sólo he visto el primer episodio y me dejó un tanto indiferente.
(**) La serie estadounidense sobrevivió dos temporadas más tras resolver le identidad del asesino/a. Desaparecida lo intentó mediante aquel spin-off, UCO, pero no hubo suerte. 

En retrospectiva, si hay algo que rechacé por completo de otros whodunit patrios como Bajo sospecha o Mar de plástico era el continuo subrayado sobre quién recaía la sombra de la desconfianza en cada episodio. En Sé Quien Eres, a juzgar por los dos primeros episodios, el juego de quién será el malo malísimo parece que será más comedido pues ya de por sí la premisa y baza de la ficción es confiar o no en el principal sospechoso y su amnesia. Como ocurrió en su momento con el Nicholas Brody de Homeland o el Paul Spector de The Fall. Es más, el juego del gato y el ratón propuesto entre Juan Elías y Eva Durán (Aida Folch) recuerda al de Brody y Carrie Mathison en el thriller de Showtime.


Aida Folch regresa a la televisión con Sé Quién Eres tras Cites (TV3) y Cuéntame cómo pasó (TVE)
Hay muchísimo que elogiar de los dos primeros episodios, empezando por lo más visible: la puesta en escena. Cambiamos Madrid por Barcelona -algo que es de agradecer- pero el juego de grises de los personajes se traslada a las imágenes con luces y sombras; mención especial a las numerosas ocasiones en las que la cámara se posiciona detrás de los personajes. ¿Querrá decir algo? Pues todos ellos esconden algo. Pero la serie no se conforma con tener a la Barcelona urbana de high standing como escenario sino que parece que sus responsables han tenido la libertad de abrir plano y desplazarse al campo (el auto-destierro del personaje de Eva Durán; la búsqueda de Ana en el bosque) y al mar (como fondo de una de las discusiones del matrimonio Juan-Alicia).

La serie, como todo whodunit, juega a más niveles a parte del thriller: drama familiar de altas esferas a lo Sin Identidad (Antena 3) o Herederos (TVE) y drama legal que parece beber del Chicago de The Good Wife. Y para colmo, destila un corrosivo humor cuyo mejor ejemplo es ese "me caes mal" de Juan Elías a su mujer sin acordarse de ella. Un humor que no estorba como ya ocurriese en la adrenalínica y dramática Vis a vis (Antena 3) que de vez en cuando dejaba respirar al espectador.

La serie -a diferencia de Pulsaciones- no puede optar por un elenco reducido (si no, ¿dónde estaría la gracia?) pero el casting es todo un acierto incluso en nombres como Valle Eva Santolaria -una juguetona fiscal- o Martiño Rivas poseído por el Otto de Los amantes del círculo polar ártico (¿estará realmente enamorado de su hermanastra?). Hay material interpretativo del bueno: una Blanca Portillo capaz de asesinar con la mirada y al segundo sentir piedad por ella, un Antonio Dechent cuyo personaje huele a puro y putas desde el sofá, un frágil Nancho Novo cuyo personaje navega entre el anticipado duelo y la venganza o incluso el omnipresente Carles Francino, cómodo en un registro y un papel ya hechos a su medida desde el chulo Rai de Hospital Central. Yo sí me acuerdo del fatídico romance con Lola (Marián Álvarez).

Ahora sólo queda cruzar los dedos para que el castillo de naipes no se derrumbe durante los próximos 14 episodios a nivel de audiencias y especialmente a nivel creativo pues el culebrón de peor tufo ya asoma tímidamente la patita durante el segundo episodio con un secreto revelado al más puro estilo hermano malvado de Bart en Los Simpson

Yo apuesto por este caballo ganador.

Francesc Garrido y Blanca Portillo ganándose el pan en Sé Quién Eres (1x02)

jueves, 22 de diciembre de 2016

Este tuerto ve muy bien

Aura Garrido (izq) y Cayetana Guillén Cuervo (dcha) en El Ministerio del Tiempo
Columna escrita el jueves 15 de diciembre | ¿Recuerdan ustedes, ávidos espectadores capaces de resistir la modorra de la siesta, aquella teleserie diaria que Telecinco se sacó de la manga llamada Un golpe de suerte? Yo tampoco. Era verano (y la siesta veraniega no se perdona). Duró tres telediarios (pobre Toni Cantó, la protagonizaba junto a Carmen Morales...) y quien le comió la franja de emisión fue Sálvame durante aquellos primeros y gloriosos años de expansión y anexión en Mediaset España. En televisión -como en la profesión, en los estudios o en el amor- a veces (muchas) es cuestión de suerte. De ensayo y error. De probar y probar y quizás dar con el campanazo. A veces no es suerte sino persistencia y buen hacer como el de Aquí la Tierra, el enésimo programa de TVE sobre meteorología y gastronomía que poco a poco se ha ido erigiendo como el espacio más visto de la poco atractiva tarde de La 1. Esta misma semana ha comenzando la grabación de la ya tercera temporada de El Ministerio del Tiempo. Con Hugo Silva (Mamma mia!) a jornada completa. Sin Rodolfo Sancho. Quién nos diría que la serie más marciana de TVE (La 2 ya cobijó en su día dos temporadas de Plutón BRB Nero de Álex de la Iglesia) sobreviviría durante dos años a un conservador Consejo de Administración y unas audiencias inferiores a otras que habían mandado a anteriores ficciones nacionales de la pública al cementerio. Quizás haya sido un golpe de suerte que la serie se estrenase en una TVE necesitada de ficción aplaudida por la crítica especializada más allá de Cuéntame cómo pasó. Ya saben, en un mundo de ciegos, el tuerto es el rey. Quizás el anuncio -siempre tardío- de nuevos episodios nos ha regalado a un Hugo Silva dando lo mejor de sí mismo tras el abandono temporal de Rodolfo Sancho (gracias Mar de plástico). Quizás ha contribuido que se estrenara en una época en la que la televisión a la carta, el ver los contenidos en diferido y las redes sociales son el pan de cada día. No hay serie más transmedia que El Ministerio del Tiempo. O si no... que se lo pregunten a los mandamases de Antena 3; los fans de Mar de plástico podrán elegir el final definitivo de la serie que se emitirá el próximo lunes 19: "¿Justicia o venganza?" Cuestión de suerte... Yo sólo espero que a TVE nunca se le ocurra dejar en manos del homo-videns el desenlace romántico-amoroso del personaje de Amelia (Aura Garrido) en El Ministerio del Tiempo: ¿Julián (Rodolfo Sancho) o Pacino (Hugo Silva)? Yo apuesto por Irene (Cayetana Guillén Cuervo). Ah, eso sí, este tuerto tiene vista de lince.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Una bofetada llamada 'Please Like Me'


Aviso, spoilers de toda la serie | ¿Hablamos de Please Like Me? Y no en inglés. Ya hice el ridículo en su momento. Dos años y dos temporadas después, la serie australiana continúa sin alcanzar techo en cuanto a calidad. El gran salto cualitativo de su primer año al segundo no sólo fue un portazo al manido segundas partes nunca fueron buenas sino el preliminar a una tercera temporada de aúpa. Sus tres primeras temporadas -26 episodios de menos de media hora- están disponibles ahora en Netflix España. Ha llovido bastante desde 2013 en el tiempo interno de la serie creada, escrita y protagonizada por Josh Thomas. Según el propio protagonista, durante el quinto capítulo de la cuarta temporada [del que más tarde hablaré], han pasado 4 años. Casi los mismos que en nuestro mundo. Me hace gracia toparme con una aclaración del post linkeado de la vergüenza: "Well, Geoffrey returns as fast as he goes away again. The reason? His father's death. This may prove that death is one of the tv show's main themes too"/ "Bueno, Geoffrey regresa igual de rápido que se va otra vez ¿La razón? La muerte de su padre. Ésto podría demostrar que la muerte es uno de los temas principales de la serie también".

Durante la primera temporada de Please Like Me, Josh Thomas decidió cargarse a la Aunt Peg, quién previamente se había encargado de defender la homosexualidad del protagonista ante el sermón homófobo de un cura durante su misa. Con la revelación de que Rose -la madre de Josh, el protagonista- se había intentado suicidar al final de la primera temporada y por ende su enfermedad mental, la posibilidad de un segundo intento de suicidio estaba sobre la mesa. Pero al igual que sucedió en un inesperado golpe maestro orquestado por A dos metros bajo tierra, el espectador de Please Like Me podría haber olvidado tal peligro al igual que el propio Josh. El 4x04 ('Degustation') era el último aviso: Rose parecía estar en su mejor momento desde la muerte de Aunt Peg, el divorcio con Alan tras las numerosas infidelidades, su intento de suicidio y posterior internamiento. Pero la realidad (*) aplastó todo tipo de esperanzas: Rose acaba suicidándose en el quinto episodio de la cuarta temporada. El espectador no lo ve; se entera al mismo tiempo que Josh, quien la descubre en la casa de ella.  Todo ello mientras el foco está puesto en la salud de otro personaje: Ella, la nueva novia de Tom (una de los tantos aciertos de la tercera temporada). Si la primera mitad del capítulo saca la vena más sitcom de la serie, la segunda mitad abraza el drama -y como siempre- desde una naturalidad apabullante; mostrando incluso el humor necesario aunque impostado en la tragedia (la última cena entre Josh, Ella y Tom).

(*) Una realidad que ya en el 4x02 ('Porridge') hace acto de presencia con la ruptura entre la pareja formada por Josh y Arnold, protagonista casi absoluta de las dos anteriores temporadas. Una situación dramática que, sin embargo, Please Like Me se encarga de suavizar a golpe de Love yourself de Justin Bieber con la pandilla cantándola al final del episodio. Keegan Joyce (Arnold) ha liderado la faceta más musical de la serie: Chandelier de Sia (en el 3x02), Diamonds de Rihanna (en el 4x02)...,la pandilla también canta Someone like you de Adele durante la tercera temporada mientras se comen a su propia Adele, el gallo, en el 3x05 ('Coq Au Vin'). Please Like Me es una serie feminista y queer y el gallo -piensan que es una gallina para así tener huevos- llamado Adele sirvió como vehículo para hablar de género. Los sobados peludos del personaje de Ella es otro de los muchos ejemplos.

Ella, el personaje revelación de la serie.
Resulta además paradójico (la vida al fin y al cabo) que la muerte de Rose suceda en el mismo episodio en el que el personaje de Geoffrey regresa tras aquel 'Parmigiana' (2x03) en el que reveló que su padre había muerto. En este 4x05, Josh y Geoffrey hablan del futuro en el ya mítico jacuzzi. Josh no tiene ni idea de qué hacer con su vida (*). Tras el suicidio de Rose, su hijo no contacta con Geoffrey (ambos conocen el status de su relación) sino con Arnold, quien no coge el teléfono al estar ocupado en sus quehaceres sexuales tras la ruptura. Ya he mencionado la cena entre Josh, Ella y Tom -cómo éste intenta hacer algún que otro chascarrillo ante la inapetencia del protagonista- pero hay otra escena que duele: la llamada de Josh a Claire. La devastadora noticia vía teléfono. Claire es honesta: "I can think of literally nothing helpful to say. Like, there's just nothing in the world. [...] This is just one of those things that's gonna be really shit for a while. And then one day it's just gonna feel less shit"/ "No puedo pensar en literalmente nada útil que decirte. No hay nada básicamente en el mundo [...] Ésta es tan sólo una de esas cosas que va a ser una verdadera mierda durante un tiempo. Y algún día sentirás que es menos mierda". Al final, es su exnovia y mejor amiga (**) -con la que se ha distanciado- quien le espeta la dolorosa verdad. Pero el 4x05 de Please Like Me no cierra con los sollozos del protagonista sobre su cama sino con Rose. En la morgue. Una escena que podría resultar frívola -¿qué necesidad?- pero que resume a la perfección el cariño, el amor y el tacto con el que la serie es realizada. También es un recordatorio de cómo funciona ésto del vivir. Ahora no me atrevo a ver el 4x06, el último de la temporada. ¿Y de la serie? 

(*) En la línea de otros personajes como la Hannah Horvath de Girls. O Patrick de Looking aunque ya comenté este verano el gatillazo que supuso la serie de HBO.
(**) Fue Josh quien acompañó a Claire durante todo el proceso de aborto durante la tercera temporada, una trama que nos regaló uno de los mejores finales de episodio de la serie: Clarezilla.


Actualización tras ver el 4x06 de Please Like Me: Parece que Josh Thomas tenía en mente hacer volar por los aires la serie en su cuarta temporada. No lo critico pues la jugada le ha salido bien y más o menos ha resultado orgánico. La ruptura Josh-Arnold era algo que fácilmente podía intuirse tras el incómodo final de la tercera temporada; el suicidio de Rose y la ruptura Tom-Ella no, especialmente esto último. Aún así, si uno hace un repaso a estos nuevos 6 episodios, la decisión de Ella de finalizar la relación parece coherente. También ha sido trastocada la amistad entre Josh y Claire, quien ni siquiera acude al funeral de Rose. Ouch. Josh acaba conociendo el nuevo hogar de Claire por la muerte de Rose, algo que tristemente vuelve a unirles físicamente. El final de la cuarta temporada es reservado al verdadero y fundamental pilar de la ficción: la amistad entre Josh y Tom. Un detalle tonto: ¿puede reaccionar mejor Tom a la decisión de Ella? Eso sí que es un ejemplo de masculinidad alternativa. Él no monta en cólera; lo asume, comprende a Ella y encima continúa afirmado que es "la mejor". El finiquito de Tom-Ella es el sano contrapunto a la dramática ruptura de Josh-Arnold (que sirvió para regalarnos un episodio con Josh de cita en cita y chicos sexys a doquier).

viernes, 2 de diciembre de 2016

Malibú piña por favor

Resulta sonrojante (por no decir insultante) que los medios de comunicación y el brazo beodo ejecutivo se hagan eco ahora de una lacra silenciosa y silenciada -un tabú más que añadir a la extensa lista de espera- como el descontrolado uso de alcohol por parte de nuestros adolescentes. Todo aquel que tenga pueblo (el de tu madre, el de tu primo, el de tu mejor amigo por aquel entonces...) sabe lo que es cogerse una buena cogorza a una edad en la que hace unas décadas, todavía se jugaba a las cartas o como mucho a verdad-atrevimiento-o-beso. ¿Quién no ha sufrido al amigo que te "jode" la noche por culpa de un cuasi coma etílico resuelto a golpe de vitaminas o lavado de estómago? ¿O al que tienes que acompañar en plena helada de madrugada para vomitar sin pudor alguno? Batallitas de adolescente que, sin embargo, demuestran tristemente que las borracheras no son exclusivas de la generación smartphone sino que vienen de muy atrás. Recuerdo, con 16 años, obstinarme en ir a la sesión light de Capital. ¡Qué sopor! Ni un grado de alcohol y para más inri enchufaron la final de la Champions entre el Intern de Milán y el Bayern de Munich en pantalla grande con reggaetón de fondo. Ganaron los italianos. Acabé cenando de McDonalds en el Cercanías de vuelta a casa. Un malibú piña me hubiera resuelto la tarde.

Sacudir conciencias

Ando a vueltas con el tan manoseado -informativamente hablando- boicot a La Reina de España de Fernando Trueba (reconozco ser un fanboy de su hijo Jonás). Ayer, mi señor padre, enganchado al whatsapp tal adolescente, me mostró un vídeo que le habían mandado sobre un hombre -muy orgulloso de su patria- despotricando sobre la supuesta interferencia entre el sentimiento no español de Trueba y el origen de financiación de su último largometraje. El susodicho en cuestión se enorgullecía de no pagar una entrada de cine para ver La Reina de España y que para más inri, se la descargaría por Internet. Les ahorro la insultante imitación gestual. Mientras escuchaba atónito sus palabras, un pensamiento un tanto elitista me invadió: «Éste no va al cine ni a ver la última de Torrente». Duele pensar cómo gran parte de la población española considera el séptimo arte como un mero pasaje de entretenimiento y evasión (que también lo es) cuando puede erigirse como una poderosa herramienta de sacudir conciencias y lavar los trapos sucios. Incluso los nuestros. Me viene a la cabeza La Llegada (Arrival), la última película dirigida por Denis Villeneuve. Sí, la sinopsis presenta la enésima "invasión" de los alienígenas a la Tierra pero el film, además de ser endiabladamente entretenido y alcanzar altas cuotas de emotividad lacrimógenas -sin llegar a la pornografía emocional-, hace replantearse al espectador que la comunicación es el mejor arma y especialmente quién es el malo de la función: el ser humano.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Bertín(homo)sapiens

El dicho «no hay mejor desprecio que no hacer aprecio» es un habitual enemigo íntimo del periodismo de opinión. ¿De qué tema escribiría servidor hoy sin el polvorín levantado por las declaraciones de nuestro mejor embajador de la masculinidad, Bertín Osborne? Provoca urticaria escribir sobre él más si cabe cuando un análisis de sus “nuevas” letras (daría para una colección de columnas, me aventuro) no será lo desmenuzado aquí sino sus palabras en 20 Minutos ante una fémina entrevistadora a la que, sin corte ni pereza, da por existente una envidia por parte de sus amigas a causa de, y cito textualmente, su «culito respingón». Anda de ruedo en ruedo –toreando tempestades y fabricando titulares- por platós de televisión y páginas de cultura y sociedad, pregonando a los cuatro vientos la defensa de una libertad de expresión mal entendida y vanagloriándose de una férrea resistencia a los nuevos tiempos. Salir en televisión en horaria de máxima audiencia, según este español muy español y hombre muy hombre, no conlleva todo tipo de análisis más si cabe cuando emerge la crítica que menos justicia le hace: su machismo olor a pachuli.  Mandar «a la mierda», como él hace cada vez que es vilipendiado por el mito del radicalismo feminista, es su manera de tumbar la corrección política imperante. Bertín, hacer chistes sobre mariquitas es saludable siempre y cuando no refleje el verdadero pensamiento del creador del chascarrillo y el público al que vaya dirigido sepa contextualizarlo. No hay mejor prescripción médica en esta vida que reírse de uno mismo. ¡Ah!, y «dos leches» para ser un tío normal como sabiamente prescribes.

martes, 22 de noviembre de 2016

Juego de Españas

Anda el personal revolucionado con la llegada e HBO a España. El personal que se ha enterado, me refiero. La casa de las ideas de las grandes series de televisión (no, no hablo de Juego de Tronos) llegará a nuestro país antes de 2017 pero, ¡sorpresa!, aún sin fecha concreta. Parece que los estadounidenses nos conocen mejor de lo que creíamos: nos gusta más un próximamente o un muy pronto que a un tonto (seriéfilo), un lápiz (Juego de Tronos). Y claro, como en aquellas vetustas batallas de contraprogramación entre Antena 3 y Telecinco para demostrar quién la tenía más larga (la audiencia), las nuevas plataformas de vídeo bajo demanda también sacan la artillería pesada. Movistar+ no ha tardado en sacar pecho (y espada) de que ella también posee los derechos de emisión de lo nuevo de Juego de Tronos, a ver si los españoles van a dejar de piratearla. Netflix España, por su parte, se conforma con prometernos que el 25 de diciembre podremos ver de nuevo a Miguel Ángel Silvestre en paños menores y orgías en la segunda temporada de Sense 8. Y a mí lo único que me quita el sueño es cuándo volverá Alberto Márquez a Velvet. Me voy a ver Aquí no hay quien viva y Los Serrano a la TDT. Eso sí que es binge-watching.

lunes, 10 de octubre de 2016

Fariseísmo cotidiano


En un momento dado del noveno episodio de la primera temporada de Enlightened, titulado muy apropiadamente Consider Helen, el personaje de Helen (Diane Ladd) va a hacer la compra al supermercado y se encuentra con Carol (Barbara Barrie), una vieja conocida con la que entabla conversación. Hablan de cómo les va a la vida. A ellas y a sus hijas. El espectador desconoce si lo que Carol cuenta es verdad o no pero sí sabe que Helen no está siendo sincera del todo. Comenta que está feliz de que su hija Amy (Laura Dern) haya vuelto a casa después de que se divorciase de Levi (Luke Wilson) por temas de alcohol. Lo que no menciona es el aborto que Amy sufrió. Ni el tremendo ataque de histeria del primer episodio que le aparta del trabajo, la premisa de la serie.  Un tema que, sin embargo, es sacado por Carol al hablar de sus nietos. El personaje de Helen no resulta simpático al espectador durante los anteriores ocho episodios pero dicha conversación es el punto de inflexión para sentir compasión hacia ella. Palabrería cortés para fingir. Helen finge, no le queda otra.

Es lo mismo que le ocurre al protagonista de River, miniserie de BBC de seis episodios protagonizada por Stellan Skarsgård y escrita por Abi Morgan, responsable de los guiones de las películas Shame, La dama de hierro Sufragistas así como de la serie de televisión The Hour. River no es el clásico whodunit. Sí, el protagonista debe investigar un asesinato y la serie se enmarca dentro del género policíaco pero la premisa de la ficción va más allá. El personaje de John River se ve obligado desde pequeño a intentar encajar en un mundo que no es percibido por la mayoría de seres humanos como él: ve fantasmas. Detalle significativo que la serie ni esconde al espectador ni revela en forma de twist o cliffhanger. Todo lo contrario: es revelado a los pocos minutos de empezar el primer episodio. Tal premisa podría descarrilar y acabar siendo Entre fantasmas  pero aprovecha el elemento fantástico para añadir inteligentemente mayor emoción. "Just pretend"/ "Simplemente finge" le aconseja el nuevo compañero de faenas, Ira (Adeel Akhtar), a River cuando éste habla con el fantasma de turno.

Al final, River va sobre la pérdida y el duelo, sobre cómo determinados seres humanos se enfrentan a la muerte de un ser querido. También es una gran y preciosa historia de amor (*) a pesar del género al que pertenece tal como sucede con la película argentina El secreto de sus ojos (Juan  José Campanella, 2009). Se nota además la presencia femenina en el guion. River cuenta con tres personajes femeninos de aúpa: Chrissie, Stevie y Rosa. Y qué manera de utilizar la canción I love to Love (But My Baby Loves to Dance) de Tina Charles al principio y al final de la miniserie disponible en Netflix.

(*) "Sex is an itch to scratch. Love is an itch so far down your back that you can never scratch it with your own hand" / "El sexo es un picor que rascar. El amor es un picor tan abajo de la espalda que nunca puedes rascártelo con tu propia mano"

El 1x09 de Enlightened se trata de un -como lo llaman los angloparlantes- centric episode, es decir, un episodio dedicado en su totalidad -o casi- a un personaje protagonista o secundario. Girls lo ha hecho este mismo año con el sexto episodio de su quinta temporada en el que el protagonismo es cedido al personaje de Marnie. Lo hizo también en la segunda temporada con aquel One Man's Trash (2x05) con Patrick Wilson como actor invitado. No sería la única vez que Enlightened cedería el protagonismo a otros personajes secundarios. Durante su segunda y última temporada, otros dos episodios serían protagonizados por los personajes de Levi (2x03)y Tayler (2x05), quien en dicho episodio dice una frase que podría resumir a la perfección ambas obras televisivas de uno y otro lado del charco: "Some pearls are neven found" / "Algunas perlas nunca son encontradas".

martes, 4 de octubre de 2016

La esperanza del reencuentro


Y ahora que están al fin vencidos, sentados frente a frente,
¿quién de los dos se atreverá a romper el silencio que los envuelve?
Somos siempre principiantes - Amor a traición

Si la memoria no me falla, Itsaso Arana comparte junto a Andrés Gertrúdix la escena final de Las altas presiones (Ángel Santos, 2014). Una pequeña película que sí llegó a las salas de cine pero a muy pocas y durante tiempo muy limitado. En dicha escena -lo siento, spoilers- ambos personajes están sentados en la sala de espera de un hospital. Él llega como paciente. Ella es médico. Se han conocido en una fiesta. Ella tiene pareja, él anda de regreso a su ciudad natal, Pontevedra. Durante dicha escena final, parece vislumbrarse un futuro esperanzador entre ambos. ¿Un posible romance? Itsaso Arana es una de las responsables de que La reconquista (Jonás Trueba, 2016) sepa a vida metiéndose en la piel de Manuela, quien regresa por Navidad a Madrid desde Buenos Aires. En este caso, la actriz (*) interpreta a un personaje sin pareja; es Olmo -Francesco Carril parece haberse convertido en el muso y alter ego de Jonás Trueba- quien sí tiene pareja, una Aura Garrido cuya breve aparición -como ya sucediese en Los ilusos- eleva la calidad de una película que ya de por sí me ha ganado antes de su irrupción en el ecuador de la misma. La reconquista es el relato del reencuentro de Manuela y Olmo, dos treintañeros que se hicieron descubrir el primer amor quince años antes.

(*) También en algún proyecto televisivo como Carlos, Rey Emperador o aquella adaptación española de Entre fantasmas que se marcó Telecinco, El don de Alba.

En La reconquista, Trueba continúa mostrando al espectador todo tipo de referencia -por no decir recomendación- cultural, como por ejemplo la literaria, ejemplificada en La montaña mágica de Thomas Mann o Crímenes imaginarios de Patricia Highsmith. En Los ilusos, es mencionado Édouard Levé y su Suicidio. En Todas las canciones hablan de mí, lo es La ignorancia de Milan Kundera. En su última película, Trueba le cede la banda sonora a Rafael Barrio, quien además hace de padre de Manuela. En Los exiliados románticos, es Tulsa no solamente la banda sonora sino también el motor de la trama. En Los ilusos hay un concierto en un piso a cargo del grupo El hijo. A los personajes de Trueba les gusta ir a conciertos. 

Pero en La reconquista, también vemos bailar a sus dos protagonistas. Y pasear por, parece ser, el rincón favorito de Madrid del director. Aquel que sirve de escenario para la declaración final de Todas las canciones hablan de mí. Olmo y Manuela quedan quince años después de su romance adolescente. Él acaba confesando a su novia que Manuela sigue igual. La novia no se anda con rodeos: "¿Os habéis liado?". "No" -Olmo dice la verdad -"pero he bailado". La cita de los ex-tórtolos acaba durando muchas más horas de lo que ambos imaginan, prologándose desde la tarde hasta la mañana del día siguiente. La reconquista es fácilmente la mejor película de Jonas Trueba hasta la fecha hablando de lo que mejor se le da: el amor. El paso del tiempo. La pareja. La melancolía. El recuerdo. El discurso de la película parece entroncar con la opinión del personaje de Andrea (Bárbara Lennie) en Todas las canciones hablan de mí. La Manuela de 15 años siente vértigo ante las palabras en boli bic de Olmo. ¿Toda la vida juntos? Ella quiere experimentar, vivir. Lo bueno y lo malo.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Extraño amor


Sin spoilers | No me gustó Keep the lights on (Ira Sachs, 2012), aquí mi reseña allá por febrero de 2013. Intuyo el porqué. Los porqués. ¿El primero? En aquellos momentos -abandonar la universidad temporalmente, tener que cerrar una historia de ¿amor? que me hizo más mal que bien- necesitaba ficción light, comedias tontorronas o happy places como el que encontré en Antes del atardecer (Richard Linklater, 2004). Me reconfortó, sin embargo, la recta final de la primera temporada de la dolorosa serie de televisión In treatment; encontré una palmadita en la espalda por parte de una ficción que trataba algo nuevo en mi recién descubierta vida adulta: el sillón de un psicólogo. Keep the lights on no fue un buen menú: una descorazonadora historia de amor entre dos hombres. Más que entristecerme, me aburrió. Meses antes me atreví con Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005) con opuesto resultado: me entristeció muchísimo.

¿El segundo porqué? La sombra de Weekend (Andrew Haigh, 2011), una película que, como las dos citadas anteriormente, aborda el romance entre dos hombres homosexuales y que no sólo encapsula a la perfección la fugacidad del mismo -un fin de semana-  sino que retrata con honestidad una generación y una minoría social. He aquí mi reticencia hacia el cine de Sachs cuando, sin embargo, tiene en su currículum dos laureadas obras cinematográficas. Sus dos últimas para más inri:  Love is Strange / El amor es extraño (id, 2014) y Little Men (id, 2016), traducida al español como Verano en Brooklyn (¡méh!)y cuyo estreno en nuestro país será el próximo 21 de octubre. Hace unos días me atreví con Love is Strange. No es usual que un largometraje esté protagonizado por dos hombres homosexuales y menos en la sesentena/setentena. Siempre tengo en mente el caso español de 80 egunean / En 80 días (José María Goenaga & Jon Garaño, 2010) con dos mujeres de avanzada edad y homosexuales. 

Pero Love is Strange no sólo habla de la relación sentimental de casi 40 años entre dos hombres -y las consecuencias de su boda tras la legalización del matrimonio homosexual- sino que abarca múltiples temas con la convivencia y el amor como epicentro: el de toda una vida, el de una unidad familiar, el adolescente. Nunca imaginé a John Lithgow y Alfred Molina tener tanta química en pantalla. Marisa Tomei es la roba-escenas. Aviso, spoilersEl guion no da puntada sin hilo hasta cuando la casualidad emerge: el ángel británico camino a México con un chollo de apartamento. Dicha casualidad sirve después para prender la mecha de una conversación sobre la fidelidad y descubrir un poquito más del pasado de la pareja protagonista. Entiendo la postura del espectador estafado con la elipsis temporal durante los últimos compases de la película e incluso ese final al más puro estilo Boyhood (Richard Linklater, 2014). 

En mi opinión, la elipsis sirve para dotar de mayor significado el que, se intuye, es el último encuentro del matrimonio. Un matrimonio que por determinadas circunstancias se ve obligado a vivir sus últimos días como novios adolescentes con sus pros y sus contras. ¿Y el final? Coherente tanto con el título de la película como lo expuesto a lo largo de la misma: sabia nueva a punto de conocer el amor. Fin spoilers | Hay un diálogo sobre una pieza musical entre el matrimonio y particularmente una frase que resume Love is Strange: "Bueno... cuando la pieza es tan romántica, no hay necesidad de adornarla". Postura que coincide con la del torturado personaje de Isabelle Huppert en La pianista (Michael Haneke, 2001): "La música no es puramente descriptiva. Y no está remojada en indiferencia y sentimentalismo".  En Love is Strange también hay un pianista (Alfred Molina) y la banda sonora está repleta de partituras para piano.

martes, 20 de septiembre de 2016

Días de podcast

Días de radio (Woody Allen, 1987)
Sin spoilers | Leo sobre el fenómeno podcast en Papel. En Estados Unidos, no en España. El artículo comienza con la referencia obligatoria: Serial, el hit radiofónico de finales del año 2014 que nadie esperaba. Hubo críticos de televisión que incluso incluyeron dicho podcast en las listas de las mejores series del año. ¡Series! Cierto es que se trataba de un género -el true crime(*)- a punto de estallar en televisión. Poco más tarde vendrían The Jinx (HBO), Making a Murderer (Netflix) y The People v. O. J. Simpson: American Crime Story (FX). Hasta la llegada de Serial, mi único coqueteo con tal formato radiofónico fue Yo disparé a J.R., dedicado al mundo de las series de televisión y co-creación de los blogueros Pere Solà de Crítico en Serie y Marina Such de El diario de Mr MacGuffinNo lo escucho pero qué menos que nombrar La sexta nominadapodcast dedicado al séptimo arte y en concreto a la carrera de los Premios Oscar.

(*)Género literario/cinematográfico/televisivo de no ficción en el que el autor examina un crimen real y los detalles de las acciones de personas reales. La "novela" A sangre fría de Truman Capote es una de las pioneras.

La primera temporada de Serial es de escucha obligatoria ya no sólo por lo entretenida que es -llegué a dudar en un principio si se trataba de un falso documental- sino por las repercusiones mediáticas y especialmente judiciales que tuvo y sigue teniendo dos años después. Un verdadero boom. De tal expansión que incluso fue material de especulación la relación entre su periodista Sarah Koenig y el (otro) protagonista de la historia: Adnan  Syed. Una de las tantas virtudes del debut de Serial fue la "estrecha" relación entre entrevistadora y entrevistado, algo que The Jinx también perpetuó y utilizó como gancho en su sexta y última entrega con un giro de guion -más propio del cine- que desencaja la mandíbula. Las dudas de Sarah Koenig sobre el testimonio del entrevistado, aunque a veces torearan la ética profesional, era uno de los tantos elementos que enganchaban de mala manera.

Dicha conexión entre entrevistador y entrevistado también la encontré más tarde en otros dos programas de radio en el polo opuesto del true crime. Sus nombres son Death, Sex & Money y Fresh Air, presentados por Anna Sale y Terry Gross respectivamente. Se podría afirmar que el primero es deudor del segundo. La baza de ambos podcasts es la entrevista, la conversación. Con personas famosas y anónimas. Tan sencillo como eso. También es cierto que Anna Sale se "desnuda" mucho más ante sus oyentes que Terry Gross, dedicando incluso un episodio a su ahora marido y padre de su primera hija. Un pasaje anecdótico -y romántico- debido a la presencia de un senador de Estados Unidos. Gracias a ella, acabó haciéndose pública la relación sentimental entre Sarah Paulson y Holland Taylor tras entrevistar a esta última. Taylor habló de su nueva pareja sin revelar su nombre pero los medios ataron cabos y Paulson acabó confirmándolo.

Holland Taylor no es la única actriz de renombre que ha pasado por los micrófonos de Death, Sex & Money, también Jane Fonda y Ellen Burstyn, ambas en dos series de Netflix: Grace & Frankie y House of Cards respectivamente. ¿Más nombres de la televisión y el cine? Danielle Brooks y Diane Guerrero (ambas en Orange is the new black), Tituss Burgess (Unbreakable Kimmy Schmidt), Jeff Daniels, John Cameron Mitchell (en cuya entrevista habla sobre su paso por Girls), Ken Jeong (Community), Margaret Cho o Desiree Akhavan entre otras figuras como comediantes, guionistas y cantantes. Durante las entrevistas, todos ellos hablan de sus temas personales de una manera totalmente alejada del peor periodismo rosa. 

Pero también hay espacio para testimonios anónimos que sirven de vehículo para abordar temas como las enfermedades mentales, el autismo, la muerte de un hijo o una pareja, el vivir solo, las experiencias cercanas a la muerte, la ausencia de sexo, la infidelidad, la relación entre los hermanos; la vida de una trabajadora sexual, la de los habitantes de Nueva Orleans diez años después del huracán Katrina o la de un director de una funeraria. Mientras que Fresh Air incide más en el aspecto profesional del entrevistado, Death, Sex & Money va más allá. Un ejemplo: Terry Gross entrevistó en agosto a Meryl Streep por Florence Foster Jenkins (Stephen Frears, 2016). Casi toda la entrevista está enfocada a la profesión de Streep, a la película pertinente y a su relación con los musicales; cierto es que Streep comenta su adolescencia pero siempre a colación de sus dotes vocales. Gross salió a la palestra la semana pasada por una inoportuna pregunta a la medallista olímpica Abby Wambach sobre su orientación sexual. [Actualización viernes 23 de septiembre] Esta semana Gross ha sido también noticia pero por algo muy distinto y más positivo: su condecoración por parte de Barack Obama con la National Humanities Medal. La locutora lleva en Fresh Air desde ni más ni menos que 1975. Lo más "gracioso" del tema es que este año también ha sido condecorado un español: el chef José Andrés.

Debido a esta oleada de podcasts desde el otro lado del charco, Prisa Radio (La Ser, Los 40 Principales) se ha apuntado a la moda con Podium Podcast. Una moda que en nuestro país -según el reportaje de Papel- no cuaja. Llegados a este punto, podríamos afirmar que en España tenemos nuestro propio Serial. ¿Su nombre? Le llamaban padre  a cargo del periodista Carles Porta. Un podcast de siete entregas de 20 minutos de duración cada una que gira en torno a un tema demasiado espinoso como para -en un principio- entretener. Lo hace a pesar de todo y en su último episodio, hay una declaración muy reveladora: la de una persona que se siente culpable por todo lo ocurrido -un crimen que se extiende a lo largo de más de una década- a pesar de que el principal culpable haya sido condenado.

Le llamaban padre parece por momentos la versión radiofónica y en fascículos de Equipo de investigación (laSexta) con sus zooms incluídos. Sin embargo, obviando algún que otro recurso instrumental (*), el programa resulta entretenido si uno tiene estómago suficiente. Todos los testimonios tienen algo qué contar y dan forma a una historia que nunca abraza el sensacionalismo. Como bien dice Carles Porta en la despedida, él deja que cada espectador saque sus propias conclusiones. Él no juzga como sí hace por ejemplo Sarah Koening en la primera temporada de Serial. Lo de su segunda temporada es ya otro cantar...

(*) En vez del zoom de la imagen, aquí se emplea la repetición de un dato importante de manera "distorsionada". A veces este dato ha sido ofrecido en anteriores entregas.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Cuestión de percepción

Una de las escenas más emotivas de Flebag
Sin spoilers | Getting On y One Mississippi no son las únicas series que he podido disfrutar este verano, también he catado Doctor Foster y Fleabag, ambas protagonizadas por una mujer, ambas británicas y ambas de la BBC para más inri. Pero no pueden ser más distintas entre sí. Doctor Foster fue emitida en BBC One en 2015 mientras que Fleabag en BBC Three vía online. Normal teniendo en cuenta ya no sólo la temática sino el target, es decir, el público objetivo al que va destinado principalmente. 

La protagonista de Doctor Foster es Gemma Foster (Suranne Jones), médico de familia en un pueblo -algo fundamental para explicar la dimensión del secreto y sus ramificaciones-, casada y con un hijo. La mecha es un pelo rubio en la bufanda de su marido (Bertie Carvel) que le presta. Más allá de hasta dónde llega la obsesión de Gemma por ese pelo, es interesante ver cómo la percepción de la protagonista de sí misma no casa con la del resto de los personajes satélite, incluso la de su propia familia. En un momento dado a lo largo de los cinco episodios de la serie, un personaje le suelta a la protagonista que nunca había visto en ella lo "salvaje" -feral es la palabra utilizada- que se suponía que era según la descripción del marido. Gemma no es la misma persona durante los primeros compases del primer episodio que en último y no porque la revelación en torno a la cual gira la serie le haya cambado -que también- sino porque en cierto modo sale a la superficie una personalidad de la que ella no es del todo consciente. 

Sin embargo, si hay algo que Doctor Foster hace muy bien es no posicionarse: ¿quién es la víctima y quién el verdugo? ¿Quién es el/la villano/a de la función? Gemma nunca llega a caer mal (*) y el guion está diseñado para que el espectador "disfrute" con las perversidades que se le ocurren a medida que la bola de nieve se va haciendo más y más grande hasta llegar a un capítulo final donde, sí, hay sangre. Y dónde uno acaba estremeciéndose por el polémico desenlace de la historia (**). Doctor Foster podría ser nuestra Gran Reserva patria.  Un culebrón bien hecho -sin necesidad de ambientarlo en otra época-, de factura técnica impecable e interpretaciones que hacen creíble todo lo narrado. Por ahí está Jodie Comer, personaje clave donde los haya, quien también ha protagonizado Thirteen este año en BBC Three y fue una roba-escenas durante las tres temporadas de My Mad Fat Diary como mejor amiga de la protagonista. 

(*) ¡¡Spoiler!!: en el cuarto episodio se pasa de la raya al afirmar que la infidelidad de su marido es peor trago que la muerte del marido de su excompañero de trabajo.
(**) ¡¡Spoiler!!: En torno a la violencia de género. La protagonista hace creer a su marido que ha matado al hijo de ambos para luego demostrarle que no ha sido así; la reacción del marido es golpearla contra el cristal de una ventana.

De Fleabag, sin embargo, no tenemos ninguna ficción española con la que compararla. Sí estadounidense aunque la comparación sea odiosa (como su protagonista): Girls. Seis episodios de menos de media hora de duración sobre la vida de una mujer que básicamente está perdida. Una hermana, un padre, una madrastra y dos cadáveres a las espaldas que explican el porqué de todo lo que cuenta esta dramedia. Una serie narrada exclusivamente desde la percepción de su protagonista -Phoebe Waller-Bridge es la creadora, guionista y protagonista- que incluso rompe la cuarta pared. Es por ello que nos ponemos de su lado. Es una historia narrada desde su egocéntrico punto de vista. Un descenso a los infiernos de su protagonista con muchísima mala baba y un humor negro que en ocasiones escuece. 

Flebag hace comedia de un material inflamable, digno de un dramón. Aquí aplaudimos cuando ella, harta de los desaires de su madrastra, tira la bandeja en plena galería de arte. Pero también nos reímos con el gag de la menstruación en el metro. Al final del cuarto episodio, la protagonista le cuenta a un personaje clave: "I just want to cry... all the time" / "Tan sólo quiero llorar... todo el rato". Después de gags sobre consoladores y hombres gritando "Sluts!" a muñecas de plástico, emerge un momento de brutal honestidad. Fleabag es un manual de instrucciones del "entre broma y broma, la verdad asoma". 

[Doctor Foster sí fue renovada por una segunda temporada. Fleabag aún no, acaba de ser estrenada en Amazon en Estados Unidos]

El clímax de Doctor Foster durante el quinto y último capítulo es pura tensión

viernes, 16 de septiembre de 2016

Cáncer, humor negro y (no)ficción

Momento en el que Other People me ganó con referencia al 5x10 de Six Feet Under
Sin spoilers | Other People (Chris Kelly, 2016) podría catalogarse como otra-dramedia-indie-sobre-cáncer. Y con toda la razón del mundo. Hace justo un año recomendaría la también dramedia-indie-sobre-cáncer Me & Earl and The Dying Girl (Alfonso Gómez-Rejón, 2015), traducida en España como Yo, él y Raquel. Sí, el enésimo caso de pérdida en la traducción. Ambas tienen algo en común: Molly Shannon. Bueno, y personalidad propia. Saltan del drama a la comedia más que dignamente y se permiten incluso el lujo de la meta-referencia. La dupla masculina protagonista de Me & Earl and The Dying Girl es amante de los clásicos cinematográficos y se dedica a reconvertirlos a su manera (¿Brew Vervet?); el co-protagonista de Other People -Jesse Plemons- es guionista de Saturday Night Live y se dedica a escribir guiones de pilotos que no acaban de convencer a las cadenas de televisión. Sobra decir que el personaje de Jesse Plemons es el álter ego de su director, Chris Kelly, cuyo guion es autobiográfico.

Cierto es que Me & Earl and The Dying Girl encaja más en el género coming of age (*) de corte independiente como Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky, 2012) o The Diary of a Teenage Girl (Marielle Heller, 2015) mientras que Other People emparenta mejor con 50/50 (Jonathan Levine, 2011) Si en Me & Earl and The Dying Girl, Molly Shannon interpreta a la madre -dada al alcohol- de la protagonista con cáncer, en Other People da vida a una madre con cáncer. Plemons (**) es su hijo cerca de la treintena y... homosexual, algo que influye y mucho en la narración. ¿Puede existir algo más mono y "achuchable" que Jesse Plemons con pluma? Sólo hay una escena de sexo y aún así es de aplaudir que salga con el torso desnudo.

(*) Las imprescindibles y españolas El Sur (Víctor Erice, 1983) y Cría cuervos... (Carlos Saura, 1975) podrían enmarcarse dentro de tal género.
(**)A lo tonto ha desfilado por tres de las grandes series del siglo XXI: Friday Night LightsBreaking Bad y Fargo.

¿Recordáis la serie The Big C protagonizada por Laura Linney? Un intento más bien fallido de Showtime de hablar sobre el cáncer desde el humor negro pero sin negarse a la lágrima fácil (*). Ambas películas lo hacen con éxito y sus intérpretes están francamente bien, por no decir que en algunos casos estamos ante una de sus mejores interpretaciones como es el caso de Molly Shannon, quien en otras circunstancias ya estaría siendo tema de conversación por su carrera al Oscar. Otra serie, recién salida de ese horno llamado Amazon, que también habla del cáncer -ya superado- es One Mississippi, co-creada por Diablo Cody (creadora de la marciana United States of Tara) y Tig Notaro, quien además la protagoniza. Al igual que Other People, One Mississippi es en cierto modo autobiográfica al seleccionar pasajes de la vida de Notaro: su cáncer de mama, una doble mastectomía, la muerte de su madre y un serio problema digestivo. Sólo hay que esperar unos minutos para darse cuenta del tono de la serie cuando el hermano de la protagonista -al ir a recogerla al aeropuerto- le suelta un "Oh, my God, you look like shit" / "Oh, Dios mío, estás hecha una mierda". Y al igual que con el personaje de Anjelica Huston en Transparent, One Mississippi se atreve a enseñar las cicatrices de la doble mastectomía en una escena de sexo. Lésbica para más inri. Seis episodios muy recomendables. Y un personaje secundario sorpresa: Bill, el padrastro de Tig.

(*)Bueno, démosle crédito a sus dos primeras temporadas al menos. La tercera es un despropósito y el personaje del marido tocó fondo con su egocentrismo junto al de Susan Sarandon. ¿Quién la convenció para semejante arco argumental?

Bill es el personaje estrella de One Mississippi como padrastro de Tig