lunes, 20 de marzo de 2017

En defensa de un clásico desdeñado: 'Sexo en Nueva York'


Sin spoilers | En una época en la que -vayamos a exagerar- se estrena cada día una serie nueva (a veces una temporada completa nueva gracias a/por culpa de plataformas como Netflix o Amazon), se hace cada vez más difícil no prestar atención a las novedades y descubrir viejas glorias, manantiales de inspiración de tales novedades. Si cuando disfruté de Netflix, aproveché para ver excelentes series británicas que no tenía pensado hacer (Doctor Foster, River), ahora HBO España -cuya suscripción comencé para recompensar mi ilegal visionado de los primeros ocho capítulos de Westworld- también me está dando sus frutos: la sexta y final temporada de Girls (miedo me dan los derroteros en esta especie de prólogo), la miniserie Big Little Lies (un tanto inofensiva y más light de lo que esperaba pero muy entretenida), Sé Quién Eres (el noveno episodio es un órdago en toda regla con un cliffhanger aguardado pero no con tal prontitud) y Sex and the City/Sexo en Nueva York. Prefiero utilizar el nombre original pues -aún sin saber exactamente el porqué- encapsula mucho mejor la razón de ser y esencia de una serie que en ocasiones es olvidada a la hora de recomendar los clásicos de HBO que todo seriéfilo debería ver como The Sopranos, The Wire o Six Feet Under. Aquí una columna de Emily Nussbaum sobre tal olvido: Difficult Women.

Mi mayor reticencia al aproximarme a Sex and the City era su posible caducidad. Los clásicos no suelen envejecer pues -perdón por la osadía de dármelas de experto- suelen hablar de temas tan universales que no pasa de moda el tratar los mismos. Six Feet Under/A dos metros bajo tierra, casi doce años después de haber finalizado, sigue estando vigente. Más que nunca, diría yo. La experiencia era la siguiente: nunca entré en el mundo de The Sopranos o incluso The Shield porque ya había comprado el de Breaking Bad. Aquí era Girls el hándicap pues la premisa básica de ambas series es la vida de cuatro mujeres en la ciudad de Nueva York. Claro, que la primera diferencia es que las protagonistas de Sex and the City están en la treintena (e incluso cuarentena) mientras que las de Girls están en la veintena. Con Girls como referencia, Sex and the City podría saberme a poco pues, ¿qué me iba a contar que ya no me habían contando otras series de corte similar? Osadía la mía.

Tras 3 temporadas y 48 episodios vistos, mis malsanos prejucios seriéfilos han sido disipados a golpe de unos personajes perfectamente construidos (cuyos clichés sirven de gags constantes y los guionistas deciden abrazar a pesar de renunciar a una mayor profundización), unos diálogos afilados, un excelente humor que se amolda a las tramas de turno y un drama nada exacerbado. Sí es cierto que la serie a veces se permite dejarse llevar por la intensidad de Carrie (Sarah Jessica Parker) y su affaire con Big (Chris Noth). ¿Otra diferencia? El tono. Puede que Sex and the City, a medida que la serie avanza (y por tanto conocemos más a las protagonistas y hay romances que se convierten en arcos argumentales), gana peso dramático pero casi todos los conflictos de sus personajes son contados en clave de comedia; tan sólo hay que ver cómo la gran trama de Charlotte durante la tercera temporada es desarrollada. Podría haber sido un dramón, no lo es. Sex and the City no es una dramedia, es una comedia. Sin embargo, a día de hoy, de Girls no se podría decir ni por asomo que es una comedia. Personalmente, mientras veo Sex and the City, encuentro un happy place (lugar feliz) de 20 minutos de duración mientras que en Girls, encuentro acidez e incomodidad a raudales. Ambas buscan provocar pero mientras que la primera es más benévola con su espectador, la segunda es más descortés.

Carrie (Sarah Jessica Parker) durante uno de sus típicos monólogos mediante voz en off
Es patente e innegable la revolución que supuso Sex and the City allá por 1998: cuatro mujeres hablando y disfrutando del sexo sin "atadura" (*) alguna. El espectador está ahora acostumbrado a ver series donde ésto sucede, empezando por Girls, pasando por Transparent y acabando en Fleabag. Tres ejemplos donde el pensar y actuar feministas de sus creadoras (Lena Dunham, Jill Soloway y Phoebe Waller-Bridge respectivamente) queda claro aun con sus contradicciones (que no dudan en plasmar en pantalla). Previo visionado, me preguntaba: ¿encontraría Sex and the city demasiado machista? ¿Poco feminista? Es innegable que la serie -como su propio título indica - se dedica principalmente a indagar (e hurgar) en la vida amorosa-sexual-romántica de sus cuatro protagonistas, dejando (muy) poco espacio para tramas que muestren aspectos -por ejemplo- profesionales. Es más, la serie es consciente de ello desde (casi) el inicio de la misma: en el primer episodio de la segunda temporada, Miranda (Cynthia Nixon) se queja de que la única conversación que tienen sus amigas gira en torno a hombres. Parece incluso un mensaje a aquellos críticos de televisión que tildaran a la ficción de frívola, misógina o machista. La ficción no brilla precisamente en su aproximación a la diversidad de género y sexual pero es fácilmente obviable. ¿Es, por ejemplo, reprochable que Carrie no crea en la bisexualidad y se refiera a ella como una fase hacia la homosexualidad? Es cuestión de comprar o no lo que su creador Darren Star (**) ofrece.

(*) Sí hay ataduras pues si no, no habría serie.
(**) Ahora con Younger; allá por los 90, artífice de Melrose Place y Beverly Hills, 90210/Sensación de vivir.

Me aventuraría a decir que no es que Sex and the City sea una serie machista sino una serie donde sus personajes pecan de cierto machismo, muy notable en los personajes de Samantha (Kim Cattrall; quien para equipararse a los hombres, se comporta igual que ellos en lo profesional y sexual, o sea, muy agresivamente) y Charlotte (Kristin Davies, una mojigata creyente en el amor romántico e incapaz de decir en voz alta "palabras sucias") y más ambiguo en los personajes de Carrie (cuyas dudas que todo feminista debería replantearse son la mecha temática de cada episodio) y Miranda, quizás el personaje que más represente a la mujer feminista contemporánea, aquella que se resiste a aceptar el techo de cristal, sufre y detecta los pormenores del éxito profesional a la hora de ligar con hombres o cómo la soltería e incluso el vivir sola en un gran apartamento son percibidos negativamente por otras personas. Miranda no concibe una relación amorosa con otro hombre que absorba todo su tiempo (Charlotte sí, por ejemplo), lleva el pelo corto, no viste de forma ""femenina"" ""hegemónica"" y tira de cinismo a raudales (a la par que Samantha). Un ejemplo: una conversación entre Samantha y Miranda. La primera se pregunta por qué ahora todos los hombres quieren que las mujeres se depilen el vello púbico a lo que la segunda responde: "Es obvio. Quieren a una niñita".

Big (Chris Noth) durante una de sus primeras apariciones en la serie
¿Y Carrie? El gran escollo pero a la vez piedra angular de Sex and the City es sus idas y venidas con el personaje de Big (Chris Noth). He aquí otro de mis prejuicios: cómo no agotar el denominado end game entre Carrie y Big, o sea, el deseo de que una pareja de una serie de televisión sobreviva hasta el último episodio. Por suerte, Chris Noth -como ya hiciera posteriormente en The Good Wife- no es un personaje regular por lo que en muchos episodios ni se le ve. Además, como también ocurre con el personaje de Adam en Girls (*), Big es un tipo que cae mal al principio por pecar de misterioso pero el embrollo en el que se ve inmerso entre la recta final de la segunda temporada y la tercera, le humaniza. No hay algo que me enfurezca más en la ficción que hacer romper a una pareja por caprichos de guion y menear la trama; en Sex and the City, las ideas y venidas de Carrie y Big han tenido razón de ser hasta el momento. Eso sí, Carrie es un personaje mucho más interesante cuando Big está en la sombra. Pero al César lo que es del César, si la serie tiene golpes de efecto (es comedia pero por algún lado habrá que enganchar a largo plazo) es gracias a este romance que nunca sabes cuando va a reflorecer nuevamente. Ídem con -spoilers- la relación entre Miranda y Steve -fin spoilers-.

(*) En un principio el end game de la protagonista, Hannah Horvath.

Si en Girls, la amistad es retratada con suma decadencia, Sex and the City es un canto a la amistad incluso cuando las cosas se ponen feas. Tan sólo hay que ver los rifirrafes entre Charlotte y Samantha -polos apuestos- o -ligeros spoilers- la primera gran bronca entre Carrie y Miranda, una amistad que poco a poco se hace más estrecha al ser los personajes que más "dilemas" y personalidad comparten -fin spoilers-.Si hay una comedia contemporánea que canta a los cuatro vientos la amistad entre dos mujeres neoyorquinas, esa es Broad City. En definitiva, Sex and the City es un imprescindible clásico de HBO ya no sólo por la innumerable lista de actores y actrices que fueron apareciendo como personajes episódicos o la oportunidad de reconocer el germen de series actuales sino por algo tan básico como que entretiene. Muchísimo. Y ni ha caducado todavía ni es sólo una serie para mujeres. Es más, con las gafas violetas puestas, el visionado adquiere mayor riqueza.

"Yo siempre voto a los candidatos según su apariencia" - Samantha Jones (Kim Cattrall)

domingo, 12 de marzo de 2017

Relatos Cortos (XXIX)

Los hermanos Gregson en la tercera temporada de la serie de televisión 'United States of Tara'
En medio de aquel batiburrillo festivo, propio de la celebración de un cuarto de siglo, tropecé con la conclusión de que había perdido definitivamente a mi hermana. Ya no viviría sus despertares ni sus soliloquios productos del sonambulismo. Hubo un tiempo en el que nos visitábamos en nuestros respectivos dormitorios, convertidos a largo plazo en refugios a prueba de insultos. Durante aquella velada sabatina, me cayó un jarro de agua bien fría: «Me ha abandonado...». Pero mi hermana no es la verdugo. Hubo una vez que soñábamos vivir juntos. Sin mamá. Quizás con papá (como acto de recompensa. O caridad). Pero mi hermana es la víctima. Fue su hermano (yo) quien abandonó el nido de águilas no una vez sino en dos ocasiones. Durante el primer exilio, me lloraba, me imploraba el regreso. Meses antes, en vísperas del verano, ella decidió dejar de hablarme. Recuerdo el compartir un autobús dirección Moncloa una mañana y ella no dirigirme la palabra. Me era merecido aquel castigo. Durante el segundo y por ahora último exilio, fue ella misma quien me condujo a mi destino. Incluso me animó a ello aún sabiendo el inevitable aislamiento expectante en la ácida morada de nuestros progenitores. Recuerdo aquel viaje de más de una hora en coche como si fuera ayer.

Visito a papá y mamá; no está ella. Extraño abrir la puerta de su habitación sin llamar. Extraño preguntarle que «cuándo va a cenar», que si «cenamos juntos». Extraño el casi mearnos de risa contándonos inverosímiles anécdotas. Extraño regresar a casa de fiesta juntos. Extraño hasta tirarle mi ropa interior sucia a la cara. Extraño verte llorar. Extraño que me veas llorar. Pero tú eres más feliz en tu nuevo hogar y yo lo soy en el mío ya no tan nuevo. Me entristece que nuestra relación fraternal no vaya a ser la misma a pesar del cumplir de las buenas nuevas soñadas estos últimos tiempos. Me entristece no recordar con exactitud nuestro día a día de antaño. Me atemoriza un nada apetecible futuro en el que -ya adultos- nos echemos las vergüenzas a la cara sin pudor alguno y no prime el recuerdo de nuestras infancia y adolescencia en común. Te aseguro que en menos tiempo del que imaginas, descansarán en tu memoria exclusivamente las bondades de vivir con papá, mamá y servidor. Dejaré de usar palabras como abandonarexilio para catástrofes si acaso venideras. Hasta entonces, disfrutemos de la paz apremiada. Nos irá bien en la vida, es una corazonada.