Empecé este blog con 16 años y otro nombre ('Dime que series ves y te diré cómo eres'). En un principio solo hubo cabida para las series de televisión pero más tarde decidí ampliar el contenido a todo aquello que contase con un mínimo de guion/ficción, ¡incluso la propia vida, señorxs! Decía Susan Sontag en 'Contra la interpretación': "En las buenas películas existe siempre una espontaneidad que nos libera por entero de la ansiedad por interpretar". Carrie Bradshaw decía en 'Sexo en Nueva York': "I couldn't help but wonder...". Bienvenidxs. Contacto: oscarrusvicente@gmail.com



lunes, 3 de abril de 2017

El pasar de los tiempos


Sin spoilers | Meterse a una sala de cine a ver una película de dos horas y media siempre me supone un dilema. No por la duración en sí sino por el cansancio que servidor lleve detrás y sobre todo: el tipo de película. Hace unos meses, corrí y sudé para llegar a tiempo a ver La reconquista (Jonás Trueba, 2016). Llegué exhausto durante los créditos iniciales y me dije: "si la película es buena, no importará el traqueteo". Mención a su idónea duración: noventa minutos. Poco a poco, a medida que servidor iba recuperando el aliento y la cabeza dejaba de martillear, la película fue deshojándose -mediante conversaciones entre sus ex-novios, una reducida pero vivaz presencia de Aura Garrido y un prolongado flashback- para demostrarme que no importaba cuán matao había llegado a la sala. Jonás Trueba, hasta hoy día, es un apostar sobre seguro: Todas las canciones hablan de mí, Los ilusos, Los exiliados románticos y la anteriormente mencionada. Por fin, además, he leído Crímenes imaginarios de Patricia Highsmith, presente en La reconquista. Es ya habitual encontrarse en el cine de Trueba alusiones a obras literarias pero en su última película, traslada la mera alusión verbal en imágenes: Sidney imaginándose cómo enrolla el cadáver de su mujer Alicia en una vieja alfombra. Una novela que une a dos ¿treintañeros? que compartieron el primer amor en la adolescencia. Por cierto, veo cierta conexión entre los Crímenes imaginarios de Highsmith y la Perdida de David Fincher/Gillian Flynn: la decadencia de un matrimonio que juega muy peligrosamente a la ruleta rusa con algún que otro fiambre real como consecuencia.

Hace unos meses acabé con una cita viendo Que dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen, 2016). Aquel viernes me había levantado a las seis de la mañana por lo que ver una película a las ocho de la tarde no era el plan más apetecible del mundo. Hice de tripas corazón pues precisamente había que darle alguna alegría al mismo. Sorogoyen también es, a día de hoy, un apostar sobre seguro. No, no he visto 8 citas ni tengo intención. Pero Stockholm (id, 2013) me resultó tan invasiva -en el mejor sentido de la palabra- que prestar atención a su siguiente obra era obligatorio. Que dios nos perdone me despertó de aquella modorra con un thriller apabullante. Doy gracias a ese increcendo continuo. Ver cadáveres de viejas desnudas con todo el matojo al aire -con un plano que ni lo esconde ni lo espeta a la cara- me hizo de café. Cabe mencionar la conexión (¿inspiración?) entre nuestra patria Que dios nos perdone y la argentina El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009), ambas con un final donde la justicia es ejecutada precisamente en sus márgenes: con el corazón en una mano y el machete en la otra. Y en ambas, el ambiente socio-político del momento y la amistad entre profesionales juega un papel relevante.


Hace años lo pasé francamente mal viendo La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013) y no por su explícito sexo sino por su duración. Era tarde-noche, yo estaba con medicación hasta el culo y tenía mucho sueño. Ergo, se me atragantó la película (y los espaguetis). Sin embargo, me sorprendo en mi cabeza defendiendo la película. Soy capaz de separar la experiencia del visionado de la excelente calidad de la película. Precisamente hace unas semanas acabé bailando su ya apropiado I Follow Rivers de Lykke Li en Ochoymedio.

Algo similar me ocurrió con Aquarius/Doña Clara (Kleber Mendonça Filho, 2016) hace unas semanas. Sí, con una cita. Sentí tentación de ver Toni Erdman pero aquella tarde yo no tenía tres horas de completa atención e inmersión. Media hora más, media hora menos, acabé (acabamos) viendo los 140 minutos de Aquarius. Una muy notable película que requiere atención, paciencia, el acto de saborearla. El cansancio y el martilleo de la cabeza aceleraron a partir del ecuador del visionado. Acabé deseando que llegaran los créditos finales sólo para poder respirar aire fresco. Aún así, hay escenas que me visitan en el recuerdo: Clara (*) conociendo al novio de su hijo mediante una fotografía del móvil. Diciéndole al hijo que no está muerta, que llame, que no mande solo mensajes, que vaya a verla. Clara despidiendo a sus tres hijos y nietos, viendo los coches irse, volviendo a una soledad que ella parece disfrutar.

(*) Sonia Braga, a la que recientemente he visto en tres episodios de Sexo en Nueva York como interés amoroso-sexual de Samantha (Kim Cattrall).



Aquarius me recordó a otra película protagonizada por una mujer: L'avenir/El porvenir (Mia Hansen-Løve, 2016). Aquí es Natalie (Isabelle Huppert), a la que recuerdo cogiendo en brazos a su nieto durante los últimos compases de la película para a continuación la cámara atravesar el piso a golpe de Unchained Melody (*) de The Fleetwoods. También recuerdo a Natalie explicando a sus alumnos en mitad del parque que en el arte (en el cine), es el tiempo el que dictamina la verdad sobre su calidad (¿quién se atreve a afirmar que Homero o Shakespeare son un mojón?). Ambas películas, con sus conflictos centrales (una constructora al acecho o un marido infiel), hablan largo y tendido de la vida. De su cortedad y, ¿por qué no?, de su ligereza (la vida que pesa es aquella que es vacía según Milan Kundera en La insoportable levedad del ser). Tanto Clara como Natalie han vivido mucho (cáncer incluso) y seguirán viviendo mucho. Sin sus maridos (una muerte, una infidelidad más un divorcio) y con sus hijos, sus nietos. En ambas películas, ambas mujeres afrontan los problemas con tranquilidad y serenidad (*), no montan grandes dramas.

(*) "A long, lonely time / Time goes by so slowly" | "Un largo, solitario tiempo / El tiempo transcurre tan lentamente".
(**) Excepto por Clara -cuya paciencia es drenada- que acaba explotando durante la última escena de la película tras un mazazo recibido en forma de termita.

La cita de Que dios nos perdone no fue a ningún lado. Quedé con él una vez más y no nos volvimos a ver. ¿La cita de Aquarius/Doña Clara? El tiempo dirá.

La prueba: Sonia Braga dándolo todo en Sexo en Nueva York