sábado, 24 de septiembre de 2016

Extraño amor


Sin spoilers | No me gustó Keep the lights on (Ira Sachs, 2012), aquí mi reseña allá por febrero de 2013. Intuyo el porqué. Los porqués. ¿El primero? En aquellos momentos -abandonar la universidad temporalmente, tener que cerrar una historia de ¿amor? que me hizo más mal que bien- necesitaba ficción light, comedias tontorronas o happy places como el que encontré en Antes del atardecer (Richard Linklater, 2004). Me reconfortó, sin embargo, la recta final de la primera temporada de la dolorosa serie de televisión In treatment; encontré una palmadita en la espalda por parte de una ficción que trataba algo nuevo en mi recién descubierta vida adulta: el sillón de un psicólogo. Keep the lights on no fue un buen menú: una descorazonadora historia de amor entre dos hombres. Más que entristecerme, me aburrió. Meses antes me atreví con Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005) con opuesto resultado: me entristeció muchísimo.

¿El segundo porqué? La sombra de Weekend (Andrew Haigh, 2011), una película que, como las dos citadas anteriormente, aborda el romance entre dos hombres homosexuales y que no sólo encapsula a la perfección la fugacidad del mismo -un fin de semana-  sino que retrata con honestidad una generación y una minoría social. He aquí mi reticencia hacia el cine de Sachs cuando, sin embargo, tiene en su currículum dos laureadas obras cinematográficas. Sus dos últimas para más inri:  Love is Strange / El amor es extraño (id, 2014) y Little Men (id, 2016), traducida al español como Verano en Brooklyn (¡méh!)y cuyo estreno en nuestro país será el próximo 21 de octubre. Hace unos días me atreví con Love is Strange. No es usual que un largometraje esté protagonizado por dos hombres homosexuales y menos en la sesentena/setentena. Siempre tengo en mente el caso español de 80 egunean / En 80 días (José María Goenaga & Jon Garaño, 2010) con dos mujeres de avanzada edad y homosexuales. 

Pero Love is Strange no sólo habla de la relación sentimental de casi 40 años entre dos hombres -y las consecuencias de su boda tras la legalización del matrimonio homosexual- sino que abarca múltiples temas con la convivencia y el amor como epicentro: el de toda una vida, el de una unidad familiar, el adolescente. Nunca imaginé a John Lithgow y Alfred Molina tener tanta química en pantalla. Marisa Tomei es la roba-escenas. Aviso, spoilersEl guion no da puntada sin hilo hasta cuando la casualidad emerge: el ángel británico camino a México con un chollo de apartamento. Dicha casualidad sirve después para prender la mecha de una conversación sobre la fidelidad y descubrir un poquito más del pasado de la pareja protagonista. Entiendo la postura del espectador estafado con la elipsis temporal durante los últimos compases de la película e incluso ese final al más puro estilo Boyhood (Richard Linklater, 2014). 

En mi opinión, la elipsis sirve para dotar de mayor significado el que, se intuye, es el último encuentro del matrimonio. Un matrimonio que por determinadas circunstancias se ve obligado a vivir sus últimos días como novios adolescentes con sus pros y sus contras. ¿Y el final? Coherente tanto con el título de la película como lo expuesto a lo largo de la misma: sabia nueva a punto de conocer el amor. Fin spoilers | Hay un diálogo sobre una pieza musical entre el matrimonio y particularmente una frase que resume Love is Strange: "Bueno... cuando la pieza es tan romántica, no hay necesidad de adornarla". Postura que coincide con la del torturado personaje de Isabelle Huppert en La pianista (Michael Haneke, 2001): "La música no es puramente descriptiva. Y no está remojada en indiferencia y sentimentalismo".  En Love is Strange también hay un pianista (Alfred Molina) y la banda sonora está repleta de partituras para piano.