viernes, 10 de abril de 2015


A jueves 9 de abril de 2015. Se acercan las diez de la noche, aún sigo fuera de casa, camino hacia mi hogar, en el Cercanías. Parada en Atocha, mientras escribo estas líneas, ¡maldita sea! Escenario de despedidas: Miguel en 2011 (y 2013), Manuel en 2012, Benjamin en 2014. Lección aprendida: no hurgar en el pasado. Ahora vivo en la otra punta de Madrid, en Pinto, con otro Óscar y dos Esther(es); una nueva vida, un nuevo yo. Aquel que dejé de ser o nunca fui, a decir verdad. Mi día ha sido una sucesión de golpes de -mala- suerte: he "perdido" el móvil -¡me importa una mierda!- y mi bloc de notas -mi YO- lleno de apuntes de clase y declaraciones de entrevistados. Sin embargo he disfrutado de dos entrevistas a cantantes de música -locales, ¡vale!, ¿y?- y la presentación de Me llamo Pegy Olson, un libro que simboliza mi pasión por el periodismo, las series de televisión, Mad Men,... y por la literatura pues algún día -muy, muy lejano- me gustaría escribir mi propio libro, aquella novela de ciencia ficción que empecé a maquinar en mi cabeza bajo el pretexto de liberar mi dolor emocional y hablar sobre ello en tercera persona pero sabiendo de lo que uno hablaba: la mortífera incertidumbre. Empecé Mad Men con 17 años, antes de viajar durante tres semanas a Estados Unidos en 2011, y finalicé sus cuatro temporadas al volver... con el verano a la vuelta de la esquina. Disfruté, como nunca lo había hecho antes con esta serie, de su quinta temporada en época de pre-selectividad; vi la sexta sin pena ni gloria -era un zombie empastillado de antidepresivos- pensando en mis dramas personales... pero volví a disfrutar de la séptima como si nada malo hubiera ocurrido. 2015, ¡han pasado sólo cuatro años!, parece una eternidad pero a la vez una nimiedad. Aquí estoy, despidiendo Mad Men, despidiendo de una vez por todas mis vicios melodramáticos de enfermo post-adolescente. Hay vida después de Mad Men pero sobre todo hay vida después del coma de la depresión y la psicosomatización. ¿Olvidaré? No. Nunca. ¿Me perdonarán aquellos a los que herí casi de muerte? Siento el desprecio selectivo de mi memoria explícita y a largo plazo pero he olvidado nombres y detalles. Recordar duele. Lo prefiero. Éso es que estoy vivo. Éste no es el principio del final, ¡todo lo contrario!, el final del principio. Parada en Pinto, me apeo del convoy, me dirijo a las escaleras provisionales -están construyendo un ascensor- y me topo con un individuo del que soy incapaz de adivinar el género, cubierto por una manta isotérmica y rodeado de miembros del Samur. Varias mujeres se preguntan entre ellas si está muerta. Género descubierto. Me juro a mí mismo no girar la cabeza mientras subo los peldaños. Ese ¿cadáver? soy mi antiguo yo del que no quiero volver a oír jamás. Concilio el sueño a medianoche pero opto por madrugar para recuperar mi móvil y mi bloc de notas. Escucho Izal en Radio3 mientras devoro Me llamo Peggy Olson en el tren, ¡espera!, ¿qué es eso? FELICIDAD.

Y ahora sólo queda la marca
que ha dejado el paso del tiempo.
Ciertas formas de movimiento..
un recuerdo, un acto reflejo.

Adiós al pánico práctico de habernos encontrado.
Adiós al vértigo de vernos coincidiendo en el espacio.
Adiós, adiós..que no volvamos a vernos nunca, nunca, nunca!!


[Pánico práctico - Izal]

Para Mila, con la que compartí mi afición a Mad Men en el momento más delicado de mi vida. 
Un beso, si me oyes, mándame tú otro.